Economía marxista para el Siglo XXI


Anticapitalistas en la Sexta

 

Socialismo21

 

Conferencia pronunciada en el Foro Social Mundial de 2010, Porto Alegre. Traducción de Eugenia Cervio.

 

“Comunistas son todos los que trabajan sin cesar para producir un futuro diferente al que el capitalismo depara. Esta es una definición interesante.Mientras que el comunismo tradicional institucionalizado está muerto y enterrado, según esta definición hay millones de comunistas de facto activos entre nosotros, dispuestos a actuar según sus comprensiones, preparados para consumar de manera creativa los imperativos anticapitalistas. Si, como declaraba el movimiento altermundista de finales de los noventa “otro mundo es posible”, entonces por qué no decimos también “otro comunismo es posible”. Las circunstancias actuales del desarrollo capitalista exigen algo así, si es que queremos lograr un cambio fundamental”.

La geografía histórica del desarrollo capitalista se encuentra en un punto clave de inflexión en el cual las configuraciones geográficas de poder están cambiando rápidamente en el mismo momento en que la dinámica temporal enfrenta serias limitaciones.

El 3% de crecimiento compuesto anual (usualmente considerada la tasa de crecimiento mínima aceptable para una economía capitalista saludable) es cada vez menos posible de sostener sin recurrir a todo tipo de ficciones (como las que han caracterizado a los mercados de acciones y mercados financieros en las dos últimas décadas).

Existen buenas razones para creer que no hay otra alternativa a un nuevo orden mundial de gobierno que, al fin y al cabo, tendrá que gestionar la transición a una economía de crecimiento cero. Si eso ha de realizarse de manera equitativa, entonces no hay otra alternativa al socialismo o comunismo. Desde finales de los noventa, el Foro Social Mundial se convirtió en el centro de articulación del tema “otro mundo es posible.” Ahora debe asumir la tarea de definir cómo otro socialismo o comunismo es posible y cómo se consumará la transición a estas alternativas. La crisis actual ofrece una oportunidad para reflexionar sobre lo que esto podría implicar.

La crisis actual se originó en las medidas adoptadas para resolver la crisis de los setenta. Estas medidas incluyeron:

El ataque exitoso a las organizaciones laborales y sus instituciones políticas mientras se movilizaba mano de obra global excedente, la implementación de cambios tecnológicos para reducir mano de obra y elevar la competencia. El resultado ha sido la reducción global del salario (disminución de la participación del salario en el PIB total en casi todas partes) y la creación de una reserva laboral descartable, aún más vasta, viviendo en condiciones marginales.

Socavar las estructuras precedentes de poder monopolista y desplazar la fase previa de capitalismo monopólico (de Estado nación) mediante la apertura capitalista a una competencia internacional mucho más salvaje. Intensificar la competencia mundial, traducida en reducir ganancias corporativas no financieras. El desarrollo geográfico desigual y la competencia interterritorial se convirtieron en rasgos fundamentales del desarrollo capitalista, abriendo la brecha hacia un cambio hegemónico de poder, en particular, pero no exclusivamente, en Asia oriental.

Utilizar y habilitar a la forma de capital más fluida y de mayor movilidad –capital dinerario– para reasignar recursos de capital a nivel mundial (con el tiempo, por medio de mercados electrónicos), provocando, así, la desindustrialización en las regiones centrales tradicionales y nuevas formas (ultra opresivas) de industrialización y de extracción de recursos naturales y materias primas agrícolas en los mercados emergentes. El corolario fue aumentar la rentabilidad de las corporaciones financieras y encontrar nuevas formas de globalizar y, supuestamente, absorber riesgos mediante la creación de mercados de capital ficticios.

En el otro extremo de la escala social, esto significó mayor confianza en la “acumulación por desposesión” como medio para aumentar el poder de la clase capitalista. Los nuevos ciclos de acumulación primitiva contra poblaciones indígenas y campesinas fueron aumentados por las pérdidas de bienes de las clases más bajas en las economías centrales (como lo demostró el mercado inmobiliario sub-prime [1] en los Estados Unidos que impuso la enorme pérdida de bienes, principalmente a la población afroamericana).

El aumento de la demanda efectiva, de lo contrario menguada, mediante el impulso de la economía de deuda (gubernamental, corporativa y del mercado interno) hasta su límite máximo (especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido, pero además en muchos otros países de Letonia a Dubai).

La compensación de las tasas de retorno anémicas en la producción por la construcción de toda una serie de mercados- burbuja de activos, la cual tenía la impronta Ponzi [2] , culminó con la burbuja inmobiliaria que estalló en agosto de 2007. Estas burbujas de activos se basaron en el capital financiero y fueron facilitadas por las innovaciones financieras como los derivados y las obligaciones de deuda con garantía u obligaciones de deuda colateral.

Las fuerzas políticas que se unieron y movilizaron en pos de estas transiciones tenían un carácter de clase particular y se vestían con las prendas de una ideología distintiva llamada neoliberal. La ideología se basaba en la idea de que los mercados libres, el libre comercio, la iniciativa personal y el espíritu emprendedor eran los mejores garantes de las libertades individuales y de la Libertad absoluta, y que el “Estado niñera” debía ser desmantelado para beneficio de todos. Pero la práctica implicaba que el Estado debía respaldar la integridad de las instituciones financieras, introduciendo así a lo grande (empezando con las crisis de la deuda mexicana y de los países en vías de desarrollo de 1982) al “riesgo moral” en el sistema financiero. El Estado (local y nacional) incluso estaba cada vez más comprometido en proporcionar “un buen clima de negocios” para atraer inversiones en un entorno altamente competitivo.

Los intereses de las personas eran secundarios para los intereses del capital y, en el caso de un conflicto entre ellos, los intereses de las personas fueron sacrificados –como se convirtió en una práctica habitual en los programas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI) desde principios de los ochenta en adelante–. El sistema que se ha creado equivale a una verdadera forma de comunismo para la clase capitalista.

Estas condiciones variaban considerablemente, desde luego, dependiendo de en qué parte del mundo se habitara, las relaciones de clase imperantes, las tradiciones culturales y políticas y la forma en que estaba cambiando el equilibrio del poder político-económico.

Entonces, ¿cómo puede la izquierda negociar las dinámicas de esta crisis? En tiempos de crisis, la irracionalidad del capitalismo queda claramente expuesta a la vista de todos. Los excedentes de capital y mano de obra coexisten uno al lado del otro y, aparentemente, no hay manera de volver a juntarlos en medio del sufrimiento humano inmenso y las necesidades insatisfechas.

A mediados del verano de 2009, un tercio de los bienes de capital en los Estados Unidos estaban ociosos, mientras que un 17% de la población económicamente activa estaba o bien desempleada o bien obligada a trabajar medio tiempo, o eran trabajadores “desalentados”. ¡Qué podría ser más irracional que eso!

¿Puede el capitalismo sobrevivir el trauma actual? Sí. Pero ¿a qué costo? Esta pregunta encubre otra. ¿Puede la clase capitalista reproducir su poder ante las dificultades económicas, sociales, políticas y geopolíticas, y medioambientales? Una vez más, la respuesta es un rotundo “sí”. Pero las masas tendrán que entregar los frutos de su trabajo a los poderosos, claudicar a muchos de sus derechos y valores que tanto han costado conseguir, a todo, desde viviendas a derechos de pensión y sufrir degradaciones del medio ambiente, y ni qué decir de la serie de reducciones en su nivel de vida, lo cual significa hambrunas para muchos de los que ya están luchando en los niveles más bajos para sobrevivir. Las desigualdades de clase aumentarán (como ya vemos que está sucediendo). Todo esto puede requerir mucho más que un poco de represión política, violencia policial y control estatal militarizado para reprimir los disturbios.

Dado que gran parte de esto es impredecible y que los espacios de la economía mundial son tan variables, la incertidumbre en cuanto a los resultados se acentúa en tiempos de crisis. Surge toda clase de posibilidades localizadas para que los capitalistas incipientes en algún nuevo espacio aprovechen las oportunidades de desafiar a clases capitalistas anteriores y a hegemonías territoriales (como cuando Silicon Valley sustituyó a Detroit desde mediados de la década del setenta en los Estados Unidos), o para que los movimientos radicales desafíen la reproducción de una ya desestabilizada clase dominante. Decir que la clase capitalista y el capitalismo pueden sobrevivir no significa que estén predestinados a hacerlo, ni tampoco que su signo futuro esté dado con antelación. Las crisis son momentos de paradoja y posibilidades.

Por lo tanto, ¿qué pasará esta vez? Si vamos a volver a un crecimiento del 3%, entonces esto significa que debemos encontrar oportunidades globales de inversión, nuevas y rentables, de 1,6 billones de dólares en 2010, llegando a más de 3 billones de dólares en 2030. Esto contrasta con el 0,15 billón de dólares de nuevas inversiones necesarias en 1950 y el 0,42 billón de dólares necesario en 1973 (las cifras en dólares están reajustadas a la inflación).

Los problemas reales para encontrar salidas adecuadas para el capital excedente comenzaron a surgir después de 1980, incluso con la apertura de China y el derrumbe del bloque soviético. Las dificultades fueron resueltas, en parte, mediante la creación de mercados ficticios donde la especulación con los valores de los activos podía despegar sin obstáculos. ¿Adónde irán todas estas inversiones ahora?

Dejando a un lado las incuestionables limitaciones en la relación con la naturaleza (con el recalentamiento global, de suma importancia), las otras barreras potenciales de la demanda efectiva en el mercado, de tecnologías y de las distribuciones geográficas/geopolíticas tienden a ser profundas, incluso en el supuesto, que es poco probable, de que no se materialice ninguna oposición activa contra la continua acumulación de capital y una mayor consolidación del poder de clase. ¿Qué espacios se dejan en la economía mundial para los nuevos arreglos espaciales para la absorción de excedentes de capital? China y el ex bloque soviético ya se han integrado. Asia, meridional y sudoriental, se está atiborrando rápidamente. África aún no está totalmente integrada, pero no hay otro lugar con la capacidad de absorber todo este excedente de capital. ¿Qué nuevas líneas de producción pueden abrirse para absorber el crecimiento?

Probablemente no haya soluciones capitalistas efectivas de largo plazo (además de revertir las manipulaciones de capital ficticio) a esta crisis del capitalismo. En algún punto, los cambios cuantitativos conducen a cambios cualitativos y tenemos que tomar en serio la idea de que podemos estar exactamente en ese punto de inflexión en la historia del capitalismo. Cuestionar el futuro del capitalismo como un sistema social adecuado debe, por tanto, estar a la vanguardia del debate actual.

Sin embargo, parece haber poco interés en ese debate, incluso entre la izquierda. En su lugar, continuamos oyendo los mismos mantras convencionales, como la perfectibilidad de la humanidad con la ayuda de los mercados libres y el libre comercio, la propiedad privada y la responsabilidad personal, los impuestos bajos y la participación del Estado minimalista en la provisión social, a pesar de que todo esto suena cada vez más hueco.

Surge una crisis de legitimidad. Pero las crisis de legitimación generalmente se desarrollan a un ritmo diferente que el de los mercados de valores. Tomó, por ejemplo, tres o cuatro años para que la caída de la bolsa de 1929 produjera movimientos sociales masivos (tanto progresistas como fascistas), después de 1932 aproximadamente. La intensidad del ejercicio en curso por el poder político para salir de la crisis actual puede tener algo que ver con el temor político de una inminente ilegitimidad.

En los últimos treinta años, sin embargo, se ha visto la aparición de sistemas de gobierno que parecen inmunes a los problemas de la legitimidad e indiferentes, incluso, a la creación de consenso; de la mezcla de autoritarismo, corrupción monetaria de la democracia representativa, vigilancia, patrulla policial y militarización (en particular, mediante la guerra contra el terror) y el control de los medios de comunicación cuyo giro sugiere un mundo en el que tiende a prevalecer el dominio del descontento a través de la desinformación, la fragmentación de las oposiciones y la formación de las culturas de oposición, mediante la promoción de las ONG con el respaldo pleno de la fuerza coercitiva, cuando es necesario.

La idea de que la crisis tuvo orígenes sistémicos es poco discutida en los medios convencionales de comunicación (incluso cuando algunos economistas importantes como Stiglitz, Krugman y hasta Jeffrey Sachs intentaron robar algunas de las consignas históricas de la izquierda, confesando a una epifanía o dos). La mayoría de los movimientos gubernamentales para contener la crisis en América del Norte y Europa persistió en hacer negocios como de costumbre, lo que se traduce en un apoyo a la clase capitalista.

El “riesgo moral”, que fue el detonante inmediato de los fracasos financieros, llegó al paroxismo en el rescate de la banca. La realidad de las prácticas del neoliberalismo (en oposición a su teoría utópica) siempre supuso el apoyo descarado para el capital financiero y las élites capitalistas (por lo general, con el pretexto de que las instituciones financieras deben ser protegidas a toda costa y que es el deber del poder estatal crear un buen clima de negocios para una actividad lucrativa sólida). Esto no ha cambiado fundamentalmente. Este tipo de prácticas se justifica apelando a la proposición dudosa de que la “pleamar” de la actividad capitalista “levantaría todos los barcos”; por tanto, los beneficios del crecimiento compuesto se repartirían, como por arte de magia, entre toda la población (cosa que nunca se hace, salvo en la forma de unas pocas migajas de la mesa de los ricos).

Entonces, ¿cómo saldrá la clase capitalista de la crisis actual, y cuán rápidamente lo hará? El rebote del mercado de la bolsa de valores de Shangai y Tokio a Frankfurt, Londres y Nueva York es una buena señal, se nos dice, incluso cuando el desempleo, prácticamente en todas partes, sigue en aumento. Pero nótese el sesgo de clase en esa medida. Se nos ha encomendado regocijarnos con el repunte de los valores bursátiles para los capitalistas porque siempre precede, se dice, a un repunte en la “economía real” donde se crean empleos para los trabajadores y se obtienen ingresos.

El hecho de que la última recuperación bursátil en los Estados Unidos después de 2002 resultó ser una “recuperación de desempleados” parece haber sido olvidado. El público anglosajón, en particular, parece estar gravemente afectado con amnesia. Olvida con demasiada facilidad y perdona las transgresiones de la clase capitalista y las catástrofes periódicas que sus acciones precipitan. Los medios de comunicación capitalistas están felices de promover ese tipo de amnesia.

China e India siguen creciendo, la primera a pasos agigantados. Sin embargo, en el caso de China, el costo es una enorme expansión de los préstamos bancarios para proyectos de riesgo (los bancos chinos no se vieron atrapados en el frenesí especulativo mundial, pero ahora lo están continuando). La sobreacumulación de ganancias de la capacidad productiva, que promueve inversiones de infraestructura a un ritmo acelerado y en el largo plazo, cuya productividad no se conocerá hasta dentro de varios años, está en auge (incluso en los mercados inmobiliarios urbanos).

Y la creciente demanda de China está abarcando a las economías que suministran materias primas, como Australia y Chile. La perspectiva de un desplome ulterior en China no puede descartarse, pero puede tomar tiempo percibirlo (una versión a largo plazo de Dubai). Mientras tanto, el epicentro mundial del capitalismo acelera su desplazamiento hacia el este de Asia, principalmente.

En los viejos centros financieros, los jóvenes tiburones financieros tomaron sus bonos de antaño; comenzaron, colectivamente, las instituciones financieras boutique que rodean a Wall Street y a la City de Londres para tamizar, negocios jugosos y empezar una vez más mediante los detritus de los gigantes financieros de ayer. Los bancos de inversión que permanecen en los Estados Unidos –Goldman Sachs y J.P. Morgan–, aunque reencarnados como sociedades de cartera bancarias, están exentos de requisitos legales (gracias a la Reserva Federal) y están obteniendo enormes ganancias (dejando de lado enormes sumas de dinero para sus propias ganancias sobre primas) especulando peligrosamente con el dinero de los contribuyentes en mercados derivados, que continúan en plena expansión y sin reglamentar.

El apalancamiento que nos llevó a la crisis ha vuelto triunfal como si nada hubiera pasado. Están en marcha innovaciones en las finanzas, como las nuevas formas de paquetes de venta de pasivos de capital ficticio que son promovidas y ofrecidas a las instituciones (como los fondos de pensión) desesperadas por encontrar nuevas salidas para el capital excedente. Las ficciones (así como los bonos) ¡han vuelto!.

Los consorcios están comprando propiedades ejecutadas, ya sea esperando un cambio en el mercado antes de liquidar o financiando lotes de alto valor para un momento futuro de reconstrucción activa. Los bancos tienden a acaparar efectivo, en gran parte obtenido de las arcas públicas, también en vistas a reanudar el pago de primas en consonancia con un estilo de vida anterior, mientras que una gran cantidad de empresarios da vueltas esperando aprovechar este momento de la destrucción creativa respaldada por una gran cantidad de fondos públicos.

Mientras tanto, el poder rudo del dinero ejercido por unos pocos socava todas las apariencias de gobernabilidad democrática. La industria farmacéutica, los seguros de salud y los lobbies hospitalarios, por ejemplo, gastaron más de 133 millones de dólares en los tres primeros meses de 2009 para aseverar que se salieron con la suya con la reforma de la salud en los Estados Unidos. Max Baucus, presidente del Comité de Finanzas del Senado, que dio forma al proyecto de ley de salud, recibió 1,5 millones de dólares por un proyecto de ley que ofrece un gran número de nuevos clientes a las compañías de seguros con poca protección contra la explotación despiadada y el lucro desmedido (Wall Street está encantado).

Otro ciclo electoral, legalmente corrupto por el inmenso poder del dinero, pronto estará sobre nosotros. En los Estados Unidos, los partidos de “K Street” y de Wall Street serán debidamente reelegidos mientras que a los trabajadores estadounidenses se los exhorta a encontrar la manera de salir del desastre que la clase dominante ha creado. Hemos estado en situaciones precarias antes, se nos recuerda, y cada vez los trabajadores estadounidenses se arremangaron, se ajustaron el cinturón y salvaron al sistema de una misteriosa mecánica de autodestrucción, de la cual la clase dominante niega toda responsabilidad. La responsabilidad personal es, ante todo, para los trabajadores y no para los capitalistas.

Si este es el esbozo de la estrategia de salida casi con toda seguridad estaremos en otro lío en cinco años. Cuanto más rápido salgamos de esta crisis y cuanto menos exceso de capital se destruya ahora habrá menos cabida para la reactivación de crecimiento activo a largo plazo. La pérdida de valor de los activos en esta coyuntura (mediados de 2009) es, nos informa el FMI, como mínimo de 55 billones de dólares, lo que equivale, casi exactamente, a la producción mundial anual de bienes y servicios. Entonces, ¿cuáles son las alternativas?.

Tiene largo tiempo el sueño de muchos en el mundo en que una alternativa a lai-racionalidad capitalista pueda ser definida, y que se llegue a la racionalidad mediante la movilización de las pasiones humanas en la búsqueda colectiva de una vida mejor para todos. Estas alternativas –llamadas históricamente socialismo o comunismo– han sido intentadas en distintos momentos y lugares. En épocas anteriores, como la década del treinta, la visión de una u otra de ellas funcionaba como un faro de esperanza.

Pero en los últimos tiempos ambas han perdido su brillo, desestimadas no sólo por el fracaso histórico de las experiencias comunistas en hacer honor a sus promesas y por la inclinación de los regímenes comunistas a encubrir sus errores por medio de la represión, sino también debido a sus presupuestos incorrectos con respecto a la naturaleza humana y el potencial de perfectibilidad de la personalidad humana y de las instituciones humanas.

La diferencia entre el socialismo y el comunismo es digna de mención. El socialismo tiene por objeto gestionar democráticamente y regular el capitalismo con el objetivo de apaciguar sus excesos y redistribuir sus bienes para el bien común. Se trata de la redistribución de la riqueza mediante acuerdos en torno a medidas impositivas progresivas, mientras que las necesidades básicas –tales como educación, salud y vivienda– son provistas por el Estado lejos del alcance de las fuerzas del mercado.

Muchos de los principales logros del socialismo redistributivo en el período posterior a 1945, no sólo en Europa sino en otros lugares, han arraigado tanto socialmente como para ser prácticamente inmunes al ataque neoliberal. Incluso en Estados Unidos, Social Security y Medicare son programas extremadamente populares y para las fuerzas de derecha son casi imposibles de proscribir. Los thatcheristas en Gran Bretaña no pudieron modificar la cobertura nacional de salud, salvo marginalmente. La prestación social en los países escandinavos y la mayoría de Europa occidental parece ser un lecho de roca inquebrantable del orden social.

El comunismo, por el contrario, busca desplazar al capitalismo mediante la creación de un modo de producción y distribución de bienes y servicios totalmente diferente. En la historia del comunismo realmente existente, el control social sobre la producción, el intercambio y la distribución significaba el control estatal y la planificación estatal sistemática.

A largo plazo, esto no resultó ser próspero, pero, curiosamente, su conversión en China (y su implementación temprana en lugares como Singapur) ha demostrado ser mucho más exitosa que el modelo neoliberal puro en la generación de crecimiento capitalista, por razones que no pueden ser proporcionadas aquí. Los intentos contemporáneos de revivir la hipótesis comunista usualmente prescinden del control estatal y buscan otras formas de organización social colectiva para desplazar a las fuerzas del mercado y a la acumulación de capital como base para organizar la producción y la distribución. Integrados horizontalmente en red, a diferencia de los sistemas de mando jerárquico, la coordinación de colectivos de productores y consumidores organizados ora de manera autónoma, ora con gobierno propio, se vislumbra como el núcleo de una nueva forma de comunismo.

Las tecnologías de comunicación contemporáneas hacen que este sistema parezca factible. Se pueden encontrar, en todo el mundo, toda clase de experiencias en pequeña escala en la que tales formas económicas y políticas se están construyendo. En esto hay una convergencia de algún tipo entre las tradiciones marxista y anarquista que se remonta, en general, a la situación de colaboración entre ellas de la década de 1860 en Europa.

Aunque nada es seguro, podría ser que el año 2009 marque el inicio de un cambio prolongado en el cual la cuestión de las alternativas al capitalismo, amplias y de mayor alcance, saldrán paso a paso a la superficie en una parte del mundo u otra. Cuanto más tiempo se prolongue la incertidumbre y la miseria más se cuestionará la legitimidad de la manera actual de hacer negocios y la demanda de construir algo diferente se intensificará. Reformas radicales, en oposición a las reformas estilo parches band aid para el sistema financiero, pueden parecer más necesarias.

El desarrollo desigual de las prácticas capitalistas en todo el mundo ha producido, por otra parte, movimientos anticapitalistas en todos lados. Las economías estadocéntricas de gran parte de Asia oriental generan descontentos diferentes (como en Japón y China), comparadas con la agitación de las luchas antineoliberales que ocurren en gran parte de América Latina, donde el movimiento revolucionario bolivariano de poder popular mantiene una relación particular con los intereses de clase capitalista que aún tienen que ser verdaderamente enfrentados.

Las diferencias sobre las tácticas y políticas en respuesta a la crisis entre los Estados que conforman la Unión Europea están aumentando, incluso cuando está en marcha un segundo intento de llegar a una constitución europea unificada. Movimientos revolucionarios y decididamente anticapitalistas también se encuentran en muchas de las zonas marginales del capitalismo, aunque no todos ellos son de un tipo progresivo.

Se han abierto espacios en los que puede prosperar algo radicalmente diferente en términos de relaciones sociales dominantes, de estilos de vida, de capacidades productivas y concepciones mentales del mundo.

Esto se aplica tanto a los talibanes y al régimen comunista en Nepal como a los zapatistas en Chiapas, los movimientos indígenas en Bolivia y los movimientos maoístas en la India rural, aun cuando ellos vivan en mundos separados en lo que hace a objetivos, estrategias y tácticas.

El problema central es que, en conjunto, no hay un movimiento anticapitalista decidida y suficientemente unificado que adecuadamente pueda impugnar la reproducción de la clase capitalista y la perpetuación de su poder en el escenario mundial. Tampoco hay una forma obvia de atacar los bastiones de privilegios de las élites capitalistas o de poner freno a su desmesurado poderío financiero y militar. Si bien existen aperturas hacia un posible orden social alternativo, en realidad, nadie sabe dónde está ni qué es. Pero sólo porque no hay ninguna fuerza política capaz de articular y mucho menos de construir su programa, ello no es razón para claudicar en la proyección de alternativas.

La famosa pregunta de Lenin, “¿qué hacer?”, no se puede responder, por cierto, sin una idea de quiénes pueden hacerlo y dónde. Sin embargo, un movimiento anticapitalista global es poco probable que surja sin cierta visión de lo que hay que hacer y por qué. Existe un bloqueo doble: la falta de una visión alternativa evita la formación de un movimiento de oposición, mientras que la ausencia de tal movimiento se opone a la articulación de una alternativa. ¿Cómo puede ser superado este bloqueo, entonces?

La relación entre la visión de lo que está por hacerse y por qué y la formación de un movimiento político en lugares específicos para hacerlo tiene que convertirse en una espiral. Cada una tiene que reforzar a la otra si hay algo realmente por hacer. De lo contrario, la oposición potencial estará por siempre confinada a un círculo cerrado que frustrará todas las perspectivas de un cambio constructivo, dejándonos vulnerables a la perpetua crisis del futuro del capitalismo con resultados cada vez más mortíferos. La pregunta de Lenin exige una respuesta.

El problema central que debe abordarse es suficientemente claro. El crecimiento sostenido por siempre no es posible, y los problemas que han afectado al mundo en estos últimos treinta años señalan que se avecina el límite para la acumulación de capital y que no podrá ser superado sin crear ficciones, poco o nada duraderas.

Añádase a esto el hecho de que muchas personas en el mundo viven en condiciones de pobreza extrema y que la degradación del medio ambiente, que está fuera de control, ofende la dignidad humana por doquier; mientras que los ricos acumulan más riqueza (el número de multimillonarios de la India se duplicó el año pasado, de 27 a 52) y las palancas de poder político, institucional, judicial, militar y de los medios de comunicación están bajo su estricto control político, sino dogmático, siendo incapaces de hacer mucho más que perpetuar el statu quo y el descontento frustrante.

Una política revolucionaria que enfrente la acumulación ilimitada de capital compuesto y que finalmente la desactive como el principal motor de la historia humana requiere una comprensión sofisticada de cómo se produce el cambio social. El fracaso de esfuerzos anteriores para construir un socialismo y comunismo duraderos debe ser evitado y las lecciones de esa historia, enormemente complicada, deben ser aprendidas. Sin embargo, también debe ser reconocida la necesidad absoluta de un movimiento revolucionario anticapitalista coherente. El objetivo fundamental de dicho movimiento social es asumir el mando tanto de la producción como de la distribución de excedentes.

Necesitamos urgentemente una teoría revolucionaria adecuada a nuestros tiempos. Propongo una “teoría co-revolucionaria” derivada de la comprensión de lo postulado por Marx acerca de cómo el capitalismo surgió del feudalismo. El cambio social emerge mediante el despliegue dialéctico de las relaciones entre los siete momentos del cuerpo político del capitalismo visto como un conjunto, o como un conjunto de actividades y prácticas: las formas tecnológicas y organizacionales de la producción, intercambio y consumo; las relaciones con la naturaleza; las relaciones sociales entre las personas; las concepciones mentales del mundo que abarcan conocimientos, saberes culturales y creencias; los procesos específicos de trabajo y producción de bienes, geografías, servicios o afectos; convenios institucionales, legales y gubernamentales; y la conducta en la vida cotidiana que sustenta la reproducción social.

Cada uno de estos momentos es internamente dinámico y está intrínsecamente marcado por tensiones y contradicciones (basta pensar en las concepciones mentales del mundo), pero todos ellos son co-dependientes y co-evolucionan interrelacionadamente. La transición al capitalismo implica un movimiento de apoyo mutuo a través de los siete momentos. Las nuevas tecnologías no pudieron ser identificadas y practicarse sin nuevas concepciones mentales del mundo (incluidas aquellas en relación con la naturaleza y las relaciones sociales). Los teóricos sociales tienen la costumbre de tomar sólo uno de los momentos y vislumbrarlo como la “bala de plata” que causa todo cambio.

Tenemos los deterministas tecnológicos (Tom Friedman), deterministas ambientales (Jarad Diamond), deterministas de la vida cotidiana (Paul Hawkins), deterministas de los procesos de trabajo (autonomistas), los institucionalistas, y así sucesivamente. Todos están equivocados. Es el movimiento dialéctico a través de todos estos momentos lo que realmente cuenta, aun cuando haya un despliegue desigual en ese movimiento.

Cuando el capitalismo se somete a una de sus fases de renovación lo hace precisamente por la co-evolución de todos los momentos, obviamente, no sin tensiones, luchas, peleas y contradicciones. Pero consideremos cómo estos siete momentos se configuraban alrededor de 1970, antes de la aparición neoliberal, y consideremos cómo se ven ahora y sabrán que todos han cambiado de manera tal que redefinen las características operativas del capitalismo visto como una totalidad no hegeliana.

Un movimiento político anticapitalista puede empezar en cualquiera de estos momentos (en los procesos de trabajo, alrededor de concepciones mentales, en la relación con la naturaleza, en las relaciones sociales, en el diseño de tecnologías y formas de organización revolucionarias, en la vida cotidiana o por medio de intentos de reformar las estructuras institucionales y administrativas, como así también la reconfiguración de los poderes del Estado).

El truco es mantener el movimiento político desplazándose de un momento a otro mediante el refuerzo mutuo. Así fue como el capitalismo surgió del feudalismo y así es como algo radicalmente diferente que se llama comunismo, socialismo o lo que sea necesario, surgirá del capitalismo.

Los intentos anteriores de crear una alternativa socialista o comunista, fatalmente, no lograron mantener la dialéctica del movimiento entre los diferentes momentos y no lograron distinguir imprevistos e incertidumbres en el movimiento dialéctico entre ellos. El capitalismo ha sobrevivido precisamente por mantener el movimiento dialéctico entre esos momentos y zanjar de manera constructiva las tensiones inevitables, incluidas las crisis que han resultado.

El cambio surge, por supuesto, de un estado de cosas existente y tiene que aprovechar las posibilidades inmanentes de una situación existente. Dado que la situación actual varía enormemente de Nepal a las regiones del Pacífico, de Bolivia a las ciudades desindustrializadas de Michigan y a las ciudades aún en auge de Mumbai y Shangai y a los sacudidos, pero de ningún modo destruidos, centros financieros de Nueva York y Londres, todo tipo de experimentos de cambio social en diferentes lugares y en diferentes escalas geográficas son probables y potencialmente reveladores como formas de hacer (o no hacer) otro mundo posible. Y en cada instancia puede parecer que uno u otro aspecto de la situación actual es la clave para un futuro político diferente. Pero la primera regla para un movimiento anticapitalista global debe ser nunca confiar en la dinámica del despliegue de un momento sin calibrar, cuidadosamente, cómo se están adaptando las relaciones con todos los otros y cómo reverberan.

Las posibilidades futuras viables surgen del estado de relaciones existente entre los diferentes momentos. Las intervenciones políticas estratégicas dentro y a través de las esferas pueden gradualmente mover el orden social hacia un camino de desarrollo diferente. Eso es lo que los líderes sabios e instituciones de avanzada hacen todo el tiempo en situaciones localizadas, así que no hay razón para pensar que existe algo particularmente fantástico o utópico en cuanto a actuar de esta forma.

La izquierda debe buscar construir alianzas entre y a través de aquellos que trabajan en las diferentes esferas. Un movimiento anticapitalista tiene que ser mucho más amplio que grupos movilizándose en torno a las relaciones sociales o en torno a las cuestiones de la vida cotidiana en sí mismas. Las hostilidades tradicionales entre, por ejemplo, aquellos con pericia técnica, científica y administrativa, y aquellos que animan a los movimientos sociales en las bases, tienen que resolverse y superarse. Ahora tenemos a mano, en el caso del movimiento en torno al cambio climático, un ejemplo significativo sobre cómo tales alianzas pueden comenzar a funcionar.

En esta instancia, la relación con la naturaleza comienza a despuntar, pero todo el mundo piensa que algo tiene que ceder en todos los demás momentos, y aunque hay un cierto tipo de política fantasiosa que quisiera ver la solución como puramente tecnológica, se hace más evidente cada día que la vida cotidiana, las concepciones mentales, los arreglos institucionales, los procesos de producción y las relaciones sociales tienen que estar involucradas. Y todo esto personifica un movimiento que para reestructurar la sociedad capitalista en su totalidad debe confrontar la lógica de crecimiento en que subyace el problema, en primer lugar.

En cualquier movimiento de transición, sin embargo, debe haber al menos algunos objetivos comunes. Algunas normas generales pueden establecerse como guía.

Éstas podrían incluir (y las menciono aquí meramente para ser discutidas) respeto a la naturaleza, igualitarismo radical en las relaciones sociales, arreglos institucionales basados, en algún sentido, en el interés y la propiedad común, procedimientos administrativos democráticos (contrarios a los esquemas monetizados fraudulentos que existen hoy), procesos de trabajo organizados por procedimientos directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de relaciones sociales y acuerdos de convivencia, concepciones mentales enfocadas en la autorrealización en servicio a los demás e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común en lugar del apoyo al poderío militar, la vigilancia y el egoísmo corporativo. Estos serían puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la acción social podría converger y girar. ¡Por supuesto que es utópico! ¡Y qué! No podemos darnos el lujo de no serlo.

Permítanme detallarles un aspecto particular del problema que se plantea en el lugar donde trabajo. Las ideas tienen consecuencias y las ideas falsas pueden tener consecuencias devastadoras. Políticas fallidas basadas en el pensamiento económico erróneo desempeñaron un papel crucial tanto en el período previo a la debacle de la década del treinta como en la aparente incapacidad de encontrar una salida adecuada. Aunque no hay acuerdo entre los historiadores y los economistas en cuanto a cuáles políticas fracasaron exactamente, se acordó que la estructura del conocimiento mediante el cual la crisis se entendía necesitaba ser revolucionada. Keynes y sus colegas llevaron a cabo esa tarea.

Pero a mediados de la década del setenta se hizo evidente que las herramientas de la política keynesiana ya no funcionaban, por lo menos en la forma en que se estaban aplicando, y fue en este contexto que el monetarismo, la teoría de la oferta y los (bellísimos) modelos matemáticos de los comportamientos de mercados microeconómicos suplantaron, a grandes rasgos, el pensamiento macroeconómico keynesiano. El estrecho marco teorético monetarista y neoliberal, que dominó a partir de 1980, hoy es cuestionado. De hecho, ha fracasado estrepitosamente.

Necesitamos nuevas concepciones mentales para entender el mundo. ¿Cuáles podrían ser esas y quién las producirá, dado el malestar sociológico e intelectual que se cierne sobre la producción de conocimiento y la difusión (igualmente importante) más general? Las concepciones mentales profundamente arraigadas asociadas a las teorías neoliberales, a la neoliberalización y corporativización de las universidades y los medios de comunicación no han jugado un papel menor en la producción de la crisis actual. Por ejemplo, toda la cuestión de qué hacer con el sistema financiero, el sector bancario, el nexo entre el Estado y la financiación y el poder de los derechos de propiedad privada no puede ser abordada sin salir de los marcos del pensamiento convencional.

Para que esto suceda se necesita una revolución en el pensamiento, en lugares tan diversos como las universidades, los medios de comunicación y el gobierno, así como dentro de las propias instituciones financieras.

Karl Marx, quien bajo ningún aspecto estuvo inclinado a abrazar el idealismo filosófico, sostuvo que las ideas son una fuerza material en la historia. Las concepciones mentales constituyen, después de todo, uno de los siete momentos de su teoría general del cambio revolucionario. La evolución autónoma y los conflictos internos sobre qué concepciones mentales han de ser hegemónicas, por tanto, tienen un papel histórico importante.

Es por esta razón que Marx (junto con Engels) escribió El manifiesto comunista, El capital y otras innumerables obras. Estas obras ofrecen una crítica sistemática, aunque incompleta, del capitalismo y su tendencia a las crisis. Pero como Marx insistió, sólo cuando estas ideas críticas fueran trasladadas al campo de los arreglos institucionales, formas de organización, sistemas de producción, la vida cotidiana, las relaciones sociales, las tecnologías y relaciones con la naturaleza, el mundo realmente cambiaría.

Dado que la meta de Marx era cambiar el mundo, y no meramente comprenderlo, las ideas tuvieron que ser formuladas con una profunda intención revolucionaria. Esto condujo inevitablemente a un conflicto con los modos de pensamiento más atractivos y útiles para la clase dominante. El hecho de que las ideas del conflicto en Marx, especialmente en los últimos años, han sido objeto de represiones repetidas y exclusiones (por no hablar de bowdlerizaciones y tergiversaciones en abundancia), sugiere que sus ideas pueden ser muy peligrosas de tolerar para las clases dominantes.

Aunque Keynes declaró repetidamente que él nunca había leído a Marx, estaba rodeado e influenciado en la década del treinta por mucha gente (al igual que su colega economista Joan Robinson) que sí lo habían leído. Si bien muchos de ellos se opusieron ruidosamente a los conceptos fundacionales de Marx y su modo dialéctico de razonar, eran plenamente conscientes de, y estaban profundamente afectados por, algunas de sus conclusiones más esclarecidas. Es justo decir, creo, que la revolución de la teoría keynesiana no se podría haber llevado a cabo sin la presencia subversiva de Marx al acecho.

El problema en esta época es que la mayoría de las personas no tiene idea de quién fue Keynes y lo que realmente defendió, mientras que el conocimiento acerca de Marx es insignificante. La represión de las corrientes críticas y radicales del pensamiento, o para ser más exactos, el acorralamiento del pensamiento radical dentro de los límites del multiculturalismo y las políticas de identidad y elección cultural crean una situación lamentable en la academia y fuera de ella, que no difiere en principio del hecho de tener que pedirles a los banqueros que hicieron el lío que lo limpien con exactamente las mismas herramientas que usaron para crearlo.

La adhesión generalizada a las ideas posmodernas y posestructuralistas que celebran lo particular, a expensas de un pensamiento amplio, no ayuda. Sin duda, lo local y lo particular son de vital importancia y las teorías que no pueden abarcar, por ejemplo, la diferencia geográfica, son más que inútiles. Pero cuando este hecho se utiliza para excluir a todo aquello mayor que la política parroquial, entonces es total la traición de los intelectuales y la derogación de su papel tradicional.

La población actual de académicos, intelectuales y expertos en ciencias sociales y humanidades está por lo general mal equipada para realizar la tarea colectiva de revolucionar nuestras estructuras de conocimiento. De hecho, han estado profundamente implicados en la construcción de los nuevos sistemas de la gobernabilidad neoliberal que evade preguntas acerca de la legitimidad y la democracia e impulsa una políticatecnocrática autoritaria. Pocos parecen predispuestos a participar en la reflexión autocrítica. Las universidades siguen promoviendo los mismos cursos inútiles sobre economía neoclásica o teoría política de elección racional como si nada hubiera sucedido y las escuelas de negocios, tan presumidas, sólo tienen que añadir un par de cursos sobre ética empresarial o de cómo hacer dinero con las quiebras de otra gente. Después de todo, ¡la crisis surgió de la codicia humana, y no hay nada que se pueda hacer acerca de eso!.

La estructura actual de conocimientos es claramente disfuncional y evidentemente ilegítima. La única esperanza es que una nueva generación de estudiantes perceptivos (en el sentido amplio de todos aquellos que buscan conocer el mundo) lo vea claramente e insista en cambiarlo.

Esto sucedió en la década del sesenta. En varios puntos críticos de la historia, los estudiantes inspiraron movimientos, reconociendo la disyunción entre lo que sucede en el mundo y lo que se les enseña y muestra desde los medios de comunicación, y estuvieron dispuestos a hacer algo al respecto. Hay indicios de tal movimiento, desde Teherán hasta Atenas y en muchas universidades europeas. Cómo actuará la nueva generación de estudiantes en China, seguramente, debe ser motivo de profunda preocupación en los pasillos del poder político en Beijing.

Un movimiento liderado por estudiantes, revolucionario y juvenil, con todas sus incertidumbres y problemas evidentes, es condición necesaria pero no suficiente para producir esa revolución en las concepciones mentales que nos pueda llevar a una solución más racional de los problemas actuales del crecimiento ilimitado.

En términos más amplios, ¿qué pasaría si un movimiento anticapitalista fuese constituido a partir de una amplia alianza entre los alienados, los descontentos, los marginados y los desposeídos? La imagen de todas esas personas por todas partes, que se levantan, exigen y alcanzan un lugar apropiado en la vida social, política y económica, está sucediendo de hecho. También ayuda a concentrarse en la cuestión de qué es lo que pueden demandar y qué es lo que hay que hacer.

Las transformaciones revolucionarias no se pueden lograr sin un mínimo cambio en nuestras ideas, sin abandonar las creencias apreciadas y prejuicios, sin dejar diversas comodidades diarias y derechos, someterse a algún nuevo régimen de vida cotidiana, cambiar nuestros roles políticos y sociales, reasignar nuestros derechos, deberes y responsabilidades y modificar comportamientos para ajustarse mejor a las necesidades colectivas y de una voluntad común.

El mundo que nos rodea –nuestras geografías– debe ser radicalmente reformado al igual que nuestras relaciones sociales, la relación con la naturaleza y todos los otros momentos del proceso co-revolucionario. Es comprensible, hasta cierto punto, que muchos prefieran una política de negación a una política de confrontación activa con todo esto.

También sería reconfortante pensar que todo esto se podría lograr de manera pacífica y voluntaria, que nos despojaríamos, nos desharíamos, por así decirlo, de todo lo que poseemos ahora y que se interpone en el camino de la creación de un mundo socialmente más justo, un orden social estable. Sin embargo, sería ingenuo imaginar que esto podría ser así, que no habrá una lucha activa, incluyendo un cierto grado de violencia.

El capitalismo vino al mundo, como Marx dijo una vez, bañado en sangre y fuego. Aunque sería posible hacer un trabajo mejor para salir de él que aquel que hiciéramos cuando entramos en él, las probabilidades están fuertemente en contra de cualquier pasaje puramente pacífico a la tierra prometida.

Hay tantas corrientes facciosas en el pensamiento de la izquierda como formas de abordar los problemas que ahora enfrentamos.

Tenemos, en primer lugar, el sectarismo habitual derivado de la historia de la acción radical y las articulaciones de la teoría política de izquierda. Curiosamente, el único lugar donde la amnesia no es tan frecuente es dentro de la izquierda (las divisiones entre los anarquistas y los marxistas que ocurrieron hacia 1870; entre trotskistas, maoístas y comunistas ortodoxos; entre los centralizadores que quieren el comando del Estado y los autonomistas y anarquistas antiestatalistas). Los argumentos son tan acerbos y facciosos como para hacernos pensar, a veces, que más amnesia no vendría mal.

Pero más allá de estas sectas revolucionarias tradicionales y facciones políticas, todo el campo de la acción política ha sufrido una transformación radical desde mediados de la década del setenta. El terreno de la lucha política y de las posibilidades políticas ha cambiado, tanto geográfica como organizacionalmente.

En la actualidad, hay un gran número de ONG que juegan un papel político que apenas era visible antes de mediados de la década del setenta. Financiadas tanto por el Estado como por los intereses privados, pobladas a menudo por pensadores idealistas y organizadores (lo que constituye, en sí, un vasto programa de empleo), y en su mayor parte dedicadas a problemáticas individuales (medio ambiente, pobreza, derechos de la mujer, lucha contra la esclavitud y los trabajos de trata, etc.) se abstienen de políticas anticapitalistas directas incluso cuando defienden ideas y causas progresistas.

En algunos casos, sin embargo, son activamente neoliberales, participando en la privatización de las funciones del Estado de Bienestar o fomentando reformas institucionales para facilitar la integración de las poblaciones marginadas en los mercados (sistemas de microcrédito y microfinanciación para la población de bajos ingresos son un ejemplo clásico de esto).

Mientras que hay muchos profesionales radicales, y muy dedicados, en este mundo de las ONG, su trabajo es el mejor de los paliativos. En conjunto, tienen un registro confuso de logros progresivos, aunque en ciertas instancias, tales como los derechos de la mujer, el cuidado de la salud y la preservación del medio ambiente, pueden proclamar, razonablemente, que han hecho importantes contribuciones al mejoramiento humano.

Pero el cambio revolucionario por las ONG es imposible. Están demasiado ajustadas a la política y a las posturas políticas de sus donantes. Por eso, aunque en el apoyo a la promoción local ayudan a abrir espacios donde las alternativas anticapitalistas son posibles e incluso apoyan la experimentación con tales alternativas no hacen nada para prevenir la absorción de estas alternativas por la práctica capitalista dominante: incluso la fomentan.

El poder colectivo de las ONG en estos momentos se refleja en el papel dominante que desempeñan en el Foro Social Mundial, donde se han concentrado durante los últimos diez años los intentos por forjar un movimiento de justicia global, una alternativa global al neoliberalismo.

La segunda gran tendencia de la oposición surge de los anarquistas, autonomistas y organizaciones de base, que rechazan financiamiento externo, incluso cuando algunos de ellos se basan en instituciones alternativas (tales como la Iglesia Católica, con su iniciativa de “comunidad de base” en América Latina para ampliar el patrocinio de la iglesia a la movilización política en los centros urbanos de los Estados Unidos). Este grupo está lejos de ser homogéneo (de hecho, hay fuertes disputas entre ellos, picas, por ejemplo, la de los anarquistas sociales contra los que tildan cáusticamente como de mero “estilo de vida” anarquista).

Hay, sin embargo, una antipatía común de negociación con el poder del Estado y un énfasis en la sociedad civil como la esfera donde el cambio se puede lograr.

El poder de autoorganización de las personas en las situaciones cotidianas que viven debe ser la base para cualquier alternativa anticapitalista.La creación de redes horizontales es su modelo de organización preferido. Las llamadas “economías solidarias”, basadas en el trueque, sistemas de producción colectiva y local o regional, son su forma político-económica preferida.

Normalmente se oponen a la idea de que cualquier dirección central podría ser necesaria y rechazan las relaciones sociales jerárquicas o las estructuras jerárquicas de poder político, junto con los partidos políticos convencionales. Organizaciones de este tipo se pueden encontrar en todas partes y en algunos lugares han alcanzado un alto grado de prominencia política.

Algunos de ellos son radicalmente anticapitalistas en su postura y defienden objetivos revolucionarios y en algunos casos están dispuestos a defender el sabotaje y otras formas de disturbios (reflejos de las Brigadas Rojas en Italia, la Baader Meinhoff en Alemania y el Weather Underground en los Estados Unidos, en la década del setenta). Pero la eficacia de todos estos movimientos (dejando de lado sus franjas más violentas) está limitada por su resistencia y su incapacidad de convertir su activismo en formas de organización a gran escala capaces de enfrentar problemas globales.

La presunción de que la acción local es el único nivel de cambio significativo y que cualquier cosa que huela a jerarquía es contrarrevolucionaria se torna autodestructiva cuando se trata de cuestiones mayores. Sin embargo, estos movimientos proporcionan, incuestionablemente, una base amplia para la experimentación con políticas anticapitalistas.

La tercera posición o tendencia general está dada por la transformación que viene ocurriendo en la organización laboral tradicional y en los partidos políticos de izquierda, que van desde las tradiciones sociales democráticas a formas más radicales, trotskista y comunista, de organización de partidos políticos. Esta tendencia no es hostil a la conquista del poder estatal o a las formas jerárquicas de organización.

De hecho, se refiere a este último como necesario para la integración de la organización política mediante una variedad de escalas políticas. En los años en que la socialdemocracia era hegemónica en Europa y aún influyente en los Estados Unidos, el control estatal sobre la distribución del excedente se convirtió en una herramienta crucial para reducir las desigualdades.

El hecho de no tener el control social sobre la producción de excedentes y, por lo tanto, impugnar realmente el poder de la clase capitalista, era el talón de Aquiles de este sistema político, pero aunque no debemos olvidar los avances que se hicieron, ahora es claramente insuficiente volver a ese modelo político con su asistencialismo social y la economía keynesiana. El movimiento bolivariano en América Latina y el ascenso al poder estatal de los gobiernos socialdemocráticos progresistas son uno de los signos más esperanzadores de la reanimación de una nueva forma de estatismo de izquierda.

Tanto los sindicatos como los partidos políticos de izquierda han sufrido algunos golpes duros en el mundo capitalista avanzado durante los últimos treinta años. Ambos han sido o bien convencidos o bien forzados a un amplio apoyo al proceso neoliberal, aunque con un rostro algo más humano.

Una forma de mirar al neoliberalismo, como se ha señalado, es como a un movimiento muy revolucionario y muy grande (encabezado por la autoproclamada figura revolucionaria, Margaret Thatcher) encargado de privatizar los excedentes o de al menos prevenir más su socialización.

Si bien hay algunos signos de recuperación tanto de la organización laboral como de las políticas de izquierda (a diferencia de “la tercera vía”, celebrada por el nuevo laborismo en Gran Bretaña bajo la égida de Tony Blair y desastrosamente copiada por muchos partidos socialdemócratas en Europa) junto con los signos de la aparición de los partidos políticos más radicales en diferentes partes del mundo, depender exclusivamente de una vanguardia de trabajadores está ahora en cuestión como lo está la capacidad de los partidos izquierdistas que ganan un poco de acceso al poder político para tener un impacto sustantivo en el desarrollo del capitalismo y hacer frente a la dinámica problemática de la propensión a la crisis de la acumulación.

La actuación del Partido Verde Alemán en el poder ha sido poco estelar en relación con su postura política fuera del poder, y los partidos socialdemócratas han perdido completamente el camino de una verdadera fuerza política. Sin embargo, los partidos políticos de izquierda y los sindicatos todavía son importantes y su toma de posesión de aspectos del poder estatal, como el Partido de los Trabajadores en Brasil o el movimiento bolivariano en Venezuela, ha tenido un claro impacto en el pensamiento de izquierda, no sólo en América Latina. El problema complicado de cómo interpretar el papel del Partido Comunista Chino, con su control exclusivo sobre el poder político, y cuáles podrían ser sus políticas futuras, no es fácil de resolver tampoco.

La teoría co-revolucionaria descripta con antelación sugiere que no hay forma de que un orden social anticapitalista pueda construirse sin tomar el poder del Estado, transformándolo radicalmente y reconstruyendo el marco constitucional e institucional que actualmente consolida la propiedad privada, el sistema de mercado y la acumulación ilimitada de capital.

La competencia interestatal y las luchas neoeconómicas y geopolíticas por todo, desde el comercio y el dinero hasta las preguntas sobre hegemonía, son demasiado importantes como para dejarlas libradas a los movimientos sociales locales o como para dejarlas de lado por ser demasiado grandes para contemplar. Cómo será reelaborada la arquitectura de los vínculos de la financiación estatal junto con la cuestión inevitable de la medida del valor dado por el dinero son preguntas que no pueden ser ignoradas en la búsqueda de construir alternativas a la economía política capitalista. No tener en cuenta al Estado y a la dinámica del sistema interestatal es, por lo tanto, una idea ridícula de aceptar para cualquier movimiento anticapitalista revolucionario.

La cuarta tendencia general está constituida por todos los movimientos sociales que no estén guiados por alguna filosofía política en particular o tendencias, sino por la necesidad pragmática de resistir el desplazamiento y el despojo (mediante el aburguesamiento, el desarrollo industrial, la construcción de represas, la privatización del agua, el desmantelamiento de servicios sociales y las oportunidades de educación pública, o lo que sea).

Esta instancia focaliza en la vida cotidiana en la ciudad, pueblo, aldea o en lo que provea una base material para la organización política contra las amenazas que las políticas estatales y los intereses capitalistas invariablemente plantean a las poblaciones vulnerables. Estas formas de protesta política son masivas.

Una vez más, hay una amplia gama de movimientos sociales de este tipo, algunos de los cuales pueden radicalizarse con el tiempo a medida que sean cada vez más conscientes de que los problemas son sistémicos y no particulares y locales.

La puesta en común de esos movimientos sociales en alianzas por las tierras –como la Vía Campesina, el Movimiento Sin Tierra (MST) de campesinos de Brasil o los campesinos en la India que se movilizan contra la apropiación de tierra y recursos por parte de las corporaciones capitalistas– o en contextos urbanos –el derecho a la vida digna en la ciudad y los movimientos de recuperación de tierras en Brasil y ahora en los Estados Unidos– sugiere que el camino puede estar abierto para crear alianzas más amplias, para debatir y confrontar a las fuerzas sistémicas que sustentan las particularidades del aburguesamiento, la construcción de represas, la privatización o lo que sea. Más pragmáticos antes que impulsados por preconceptos ideológicos, estos movimientos, sin embargo, pueden llegar a entendimientos sistémicos desde su propia experiencia.

En la medida en que muchos de ellos coexisten en el mismo espacio, como dentro de la metrópoli, pueden (como supuestamente sucedió con los trabajadores de las fábricas en las primeras etapas de la revolución industrial) hacer causa común y empezar a forjar, sobre la base de su propia experiencia, una conciencia de cómo funciona el capitalismo y qué es lo que colectivamente se podría hacer. Este es el terreno donde tiene mucho que decir la figura del “intelectual orgánico”, que es muy representativa y parte fundamental en la obra de Antonio Gramsci, los autodidactas que llegan a entender el mundo inmediato a través de experiencias difíciles pero que forman su comprensión del capitalismo en general.

Escuchar a los líderes campesinos del MST en Brasil o a los dirigentes del movimiento anticorporativo de apropiación de tierras en la India es una educación privilegiada. En este caso, la tarea de alienados y descontentos educados es ampliar la voz subalterna de manera tal que se pueda prestar atención a las circunstancias de explotación y represión y a las respuestas que se pueden formar en un programa de lucha anticapitalista.

El quinto epicentro para el cambio social reside en los movimientos emancipatorios en torno a cuestiones de identidad –mujeres, niños, homosexuales, razas y minorías étnicas y religiosas demandan un mismo lugar bajo el sol– junto con la amplia gama de movimientos medioambientales que no son explícitamente anticapitalistas.

Los movimientos que reclaman emancipación en cada uno de estos temas son geográficamente desiguales y a menudo están espacialmente divididos en términos de necesidades y aspiraciones, pero las conferencias mundiales sobre los derechos de la mujer (Nairobi en 1985, que condujo a la declaración de Beijing de 1995) y el anti-racismo (la conferencia más polémica fue la de Durban en 2009) están tratando de encontrar un terreno común, como es cierto también de las conferencias del medio ambiente y no hay duda de que las relaciones sociales están cambiando a lo largo de todas estas dimensiones por lo menos en algunas partes del mundo.

Cuando son enunciados en estrechos términos esencialistas, estos movimientos pueden parecer antagónicos a la lucha de clases. Ciertamente, en gran parte de la academia se arrogan un lugar de privilegio a expensas del análisis de clase y la economía política, pero la feminización de la fuerza laboral global, la feminización de la pobreza en casi todas partes y el uso de las diferencias de género como medio de control laboral hacen que la emancipación y la eventual liberación de la mujer de sus represiones sea una condición necesaria para enfocar más definidamente la lucha de clases. La misma observación se aplica a todas las otras formas de identidad donde se encuentran la discriminación o la represión pura y simple.

El racismo y la opresión de mujeres y niños fueron fundacionales para el surgimiento del capitalismo, pero el capitalismo, tal como en la actualidad se constituye, en principio, puede sobrevivir sin estas formas de discriminación y opresión, aunque su capacidad política para hacerlo se vería gravemente disminuida, si no herida de muerte, frente a una fuerza de clase más unificada.

El abrazo modesto del multiculturalismo y los derechos de la mujer dentro del mundo corporativo, especialmente en los Estados Unidos, aporta algunas pruebas del alojamiento del capitalismo en estas dimensiones del cambio social (incluyendo el medio ambiente), aun cuando hace hincapié en la relevancia de las divisiones de clase como principal dimensión de acción política.

Estas cinco grandes tendencias no son mutuamente excluyentes o exhaustivas de las plantillas de organización para la acción política.

Algunas organizaciones combinan perfectamente los aspectos de las cinco tendencias. Pero hay mucho trabajo por hacer para unir a estas tendencias en torno a la cuestión subyacente: ¿puede cambiar el mundo material, social, mental y políticamente, de tal manera que sea enfrentado no sólo el mal estado de las relaciones sociales y naturales en muchas partes del mundo sino también la persistencia del crecimiento compuesto ilimitado? Esta es la pregunta que deben insistir en preguntar los alienados y descontentos, una y otra vez, incluso cuando aprenden de los que experimentan el dolor directo y por lo cual son tan adeptos a organizar resistencias a las graves consecuencias del crecimiento compuesto.

Los comunistas, Marx y Engels, afirmaban en su concepción original, expresada en El manifiesto comunista, no tener partido político. Simplemente se constituyen en todo momento y en todo lugar como aquellos que comprenden los límites, fracasos y tendencias destructivas del orden capitalista, así como las innumerables máscaras ideológicas y legitimaciones falsas que los capitalistas y sus apologetas (particularmente en los medios de comunicación) producen para perpetuar su poder singular de clase.

Comunistas son todos los que trabajan sin cesar para producir un futuro diferente al que el capitalismo depara. Esta es una definición interesante.Mientras que el comunismo tradicional institucionalizado está muerto y enterrado, según esta definición hay millones de comunistas de facto activos entre nosotros, dispuestos a actuar según sus comprensiones, preparados para consumar de manera creativa los imperativos anticapitalistas.

Si, como declaraba el movimiento altermundista de finales de los noventa “otro mundo es posible”, entonces por qué no decimos también “otro comunismo es posible”. Las circunstancias actuales del desarrollo capitalista exigen algo así, si es que queremos lograr un cambio fundamental.

 

Notas:

[1] Hipotecas de alto riesgo [N. de la T.].

[2] Carlo Ponzi (1882-1948), precursor de una estafa financiera denominada Esquema de Ponzi, que consiste en ofrecer a los inversores intereses extraordinarios, que al comienzo son pagados rigurosamente y finalmente defraudados [N. del E.].

Fuente: http://socialismo21.net/organizarse-para-la-transicion-anticapitalista/

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