Economía marxista para el Siglo XXI


Nuclear_wars

Noam Chomsky**

En el artículo anterior se exploraba cómo la seguridad es una alta prioridad para los planeadores del gobierno: seguridad para el poder del Estado y para sus electores más importantes, los que concentran el poder privado, todo lo cual implica que la política oficial debe estar protegida del escrutinio público.

En estos términos, las acciones del gobierno resultan bastante racionales, incluida la racionalidad del suicidio colectivo. Ni siquiera la destrucción instantánea mediante armas nucleares ha tenido un lugar preponderante en las preocupaciones de las autoridades del Estado.

Para citar un ejemplo de la guerra fría pasada: en noviembre de 1983 la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), encabezada por Estados Unidos, lanzó un ejercicio militar diseñado para poner a prueba las defensas antiaéreas rusas, simulando ataques por aire y mar e incluso una alerta nuclear.

Estas acciones fueron emprendidas en un momento muy tenso. Se habían desplegado misiles estratégicos Pershing II en Europa. El entonces presidente Reagan, que acababa de pronunciar su discurso sobre el imperio del mal, anunció la Iniciativa de Defensa Estratégica, apodada Guerra de las galaxias, que los rusos entendieron como arma para dar el primer golpe, que es interpretación normal de la defensa misilística en todas partes.

Como era natural, estas acciones causaron gran alarma en Rusia, la cual, a diferencia de Estados Unidos, era muy vulnerable y había sido invadida en repetidas ocasiones.

Documentos recién divulgados revelan que el peligro era aún más grave de lo que los historiadores habían pensado. El ejercicio de la OTAN casi se volvió preludio a un ataque nuclear preventivo (ruso), según un recuento de Dmitry Adamsky publicado el año pasado en la revista Journal of Strategic Studies.

Tampoco fue aquella la única vez que estuvimos cerca. En septiembre de 1983, los sistemas rusos de alerta temprana registraron la proximidad de un ataque misilístico de Estados Unidos y enviaron la alerta de más alto nivel. El protocolo soviético era responder con un ataque nuclear propio.

El oficial soviético a cargo, Stanislav Petrov, intuyendo una falsa alarma, decidió no informar de las advertencias a sus superiores. Gracias a su incumplimiento del deber, estamos vivos para hablar del incidente.

La seguridad de la población no era mayor prioridad para los planeadores de Reagan que para sus predecesores. Tal insensatez continúa hasta el presente, incluso haciendo un lado los numerosos accidentes casi catastróficos revelados en un estremecedor nuevo libro, Command and control: nuclear weapons, the Damascus accident, and the illusion of safety (Comando y control: armas nucleares, el accidente de Damasco y la ilusión de seguridad), de Eric Schlosser.

Es difícil disputar la conclusión del general Lee Butler, último titular del Comando Aéreo Estratégico, de que la humanidad ha sobrevivido hasta ahora en la era nuclear por alguna combinación de habilidad, suerte e intervención divina, y sospecho que la mayor proporción es de esta última.

La facilidad con que el gobierno acepta las constantes amenazas a la sobrevivencia es casi demasiado extraordinaria para capturarla en palabras.

En 1995, mucho después del colapso de la Unión Soviética, el Comando Estratégico de Estados Unidos, o Stratcom, encargado de las armas nucleares, publicó un estudio titulado “Aspectos esenciales de la disuasión en la era posterior a la guerra fría”.

Una conclusión central es que Estados Unidos debe mantener el derecho a dar el primer golpe nuclear, incluso contra estados no atómicos. Además, las armas nucleares deben estar siempre disponibles, porque arrojan una sombra sobre cualquier crisis o conflicto.

Por lo tanto, las armas atómicas siempre se usan, del mismo modo en que se usa una pistola cuando un asaltante apunta con ella y no dispara, como ha reiterado muchas veces Daniel Ellsberg, quien filtró los Papeles del Pentágono.

Stratcom recomienda en seguida que “los planeadores no deben ser demasiado racionales en determinar… lo que un adversario valora”, todo lo cual debe ser incluido como blanco. “Presentarnos como demasiado racionales y fríos nos lesiona… Que Estados Unidos puede volverse irracional y vengativo si sus intereses vitales son atacados debe ser parte esencial de la imagen nacional que proyectamos a todos los adversarios.”

Es benéfico para nuestra postura estratégica que se entienda que algunos elementos pueden salirse de control, y por tanto representan una constante amenaza de ataque atómico.

No mucho de este documento se refiere a la obligación que impone el Tratado de No Proliferación Nuclear de hacer esfuerzos de buena fe por eliminar de la Tierra la amenaza nuclear. Lo que resuena, más bien, es una adaptación del famoso dístico que Hilaire Belloc compuso en 1898 acerca del cañón Maxim:

Pase lo que pase, nosotros tenemos la bomba atómica, y ellos no.

Los planes para el futuro no son nada prometedores. En diciembre, la Oficina de Presupuesto del Congreso informó que el arsenal nuclear estadunidense costará 355 mil millones de dólares en el curso de la década siguiente. En enero, el Centro James Martin de Estudios sobre la No Proliferación estimó que Washington gastaría un billón de dólares en arsenal atómico en los próximos 30 años.

Y, por supuesto, Estados Unidos no está solo en la carrera nuclear. Como observó Butler, es casi un milagro que hayamos escapado de la destrucción hasta ahora. Mientras más tentemos al destino, menos probable es que podamos esperar intervención divina para perpetuar el milagro.

En el caso de las armas nucleares, al menos sabemos en principio cómo vencer la amenaza del apocalipsis: eliminarlas.

Pero otro peligro arroja su sombra sobre cualquier contemplación del futuro: el desastre ambiental. Ni siquiera está claro que haya un escape, aunque, mientras más demoremos, más grave se vuelve la amenaza, y no en el futuro distante. Por consiguiente, la forma en que los gobiernos enfrentan este problema exhibe a las claras el grado de compromiso que tienen con la seguridad de su población.

Hoy Estados Unidos cacarea sobre los 100 años de independencia energética que logrará al convertirse en la Arabia Saudita del próximo siglo, el cual muy probablemente será el siglo final de la civilización humana si las políticas actuales persisten.

Uno podría incluso tomar un discurso de hace dos años del presidente Obama en la ciudad petrolera de Cushing, Oklahoma, como una elocuente sentencia de muerte para la especie.

Obama proclamó con orgullo, ante grandes aplausos: Ahora, en mi gobierno, Estados Unidos produce más petróleo que en cualquier momento de los ocho años pasados. Es importante que se sepa. En los tres años anteriores, he dirigido mi gobierno al objetivo de abrir millones de hectáreas a la exploración en busca de gas y petróleo en 23 estados. Estamos abriendo más de 75 por ciento de nuestros recursos petroleros potenciales en las costas. Hemos cuadruplicado el número de pozos, hasta un número sin precedente. Hemos agregado suficientes oleoductos y gasoductos nuevos para dar la vuelta a la Tierra y poco más.

Los aplausos también revelan algo acerca del compromiso del gobierno con la seguridad. Es necesario asegurar las ganancias industriales, así que producir más gas y petróleo aquí en casa seguirá siendo una parte esencial de la estrategia energética, como prometió el presidente.

El sector empresarial realiza grandes campañas propagandísticas para convencer al público de que el cambio climático, si llega a ocurrir, no es resultado de la actividad humana. Estos esfuerzos se dirigen a superar la excesiva racionalidad del público, que sigue preocupado por las amenazas que la abrumadora mayoría de científicos considera próximas y ominosas.

Para decirlo sin ambages, en el cálculo moral del capitalismo de hoy, un mayor bono mañana vale más que el destino de nuestros nietos.

¿Cuáles son las perspectivas de sobrevivencia, entonces? No son brillantes. Pero los logros de quienes se han esforzado durante siglos por lograr mayor libertad y justicia dejan un legado que es posible retomar y llevar adelante… y debe ser así, y pronto, si hemos de sostener las esperanzas de una supervivencia decente. Y ninguna otra cosa puede decirnos con mayor elocuencia qué clase de criaturas somos.

* Este artículo, segunda de dos partes, está adaptado de una conferencia dictada por Noam Chomsky el 28 de febrero, bajo el auspicio de la Fundación para la Paz en la Era Nuclear, en Santa Bárbara, California

** El libro más reciente de Noam Chomsky es Power systems: conversations on global democratic uprisings and the new challenges to US empire. Interviews with David Barsamian (Sistemas de poder: conversaciones sobre levantamientos democráticos en el mundo y nuevos desafíos al imperio estadunidense: entrevistas con David Barsamian). Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge, Massachusetts, EU).

© Noam Chomsky, 2014. Distributed by The New York Times Syndicate.

Traducción: Jorge Anaya

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2014/04/13/opinion/022a1mun

Enlaces:

Los cables sobre México en WikiLeaks

Sitio especial de La Jornada sobre WikiLeaks

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