Economía marxista para el Siglo XXI


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Xabier F. Coronado

La caída del comunismo se convirtió
en el colapso de Rusia y de Occidente.
Alexander Zinoviev

En el verano de 1989, un grupo de amigos viajamos desde el País Vasco al este de Europa. En realidad íbamos a “Europa del Este”, término que implicaba un conglomerado de conceptos políticos, económicos y culturales. Antes habíamos gestionado los visados turísticos para poder entrar en Checoslovaquia y Hungría: un par de sellos llamativos que pasaron a ilustrar y dar categoría internacional a nuestros pasaportes. En agosto, después de estar más de una semana disfrutando de Praga –donde se celebraba una convención del partido comunista que tenía la ciudad empapelada de carteles–, cruzamos la frontera con Hungría. Nos llamó la atención el movimiento de gente que encontramos; en ese momento no pudimos saber lo que pasaba, eran otros tiempos en cuestiones de comunicación y, además, estábamos de vacaciones.

En Budapest, esa maravillosa ciudad unida en sus dos partes por el Danubio, se vivía un ambiente de cambio político: en el mes de mayo el gobierno húngaro había decretado la apertura de la frontera con Austria y promovido la rehabilitación pública de Imre Nagy, líder y víctima de la reprimida sublevación antisoviética de 1956. De camino a Sopron, por donde pensábamos salir del país para visitar Viena, nos enteramos de que se había desatado una crisis en la frontera; filas de coches, gente y policías saturaban el paso entre Hungría y Austria.

Entonces nos dimos cuenta de la dimensión del asunto. Algo se estaba moviendo a nivel popular y parecía que iba a ser difícil controlarlo. A pesar de tener esa impresión, nadie podía prever que aquellos acontecimientos culminarían pocos meses después con la caída del Muro de Berlín, símbolo de la guerra fría y frontera entre dos maneras antagónicas de concebir la vida social, política y económica de los pueblos. La crisis de fronteras de aquel verano abrió una fisura en el “telón de acero” por donde se filtró la corriente de cambios que iba a propiciar la demolición del Muro, a transformar la Europa del Este e incluso desmembrar al gigante soviético.

Construcción y desmantelamiento del Muro

Vivíamos en una isla en el corazón de Alemania socialista,
cercados por un muro de cuarenta y cinco kilómetros
que rodeaba la ciudad. Adonde quiera que se iba se erguía el muro.
José María Pérez Gay

Comparada con otras capitales europeas que sobrepasan el milenio de existencia, Berlín es una ciudad relativamente reciente (1237), pero sin duda es la que refleja con más fidelidad la historia contemporánea del viejo continente. En 1945, al término de la segunda guerra mundial, los acuerdos de la Conferencia de Potsdam dividían Alemania en cuatro zonas de ocupación controladas por los vencedores. Berlín, que había quedado en el territorio de dominio ruso, también fue fraccionada en cuatro sectores. En 1948 la ciudad quedó prácticamente dividida en dos partes como consecuencia del bloqueo soviético a la zona administrada por los países occidentales. Este hecho obligó a establecer un puente aéreo desde el oeste de Alemania que durante once meses abasteció Berlín Occidental.

En mayo de1949 la pretensión rusa de una Alemania unida se vino abajo con la fusión de las tres zonas dominadas por las potencias occidentales que formaron la República Federal de Alemania (RFA); en consecuencia, la superficie controlada por la Unión Soviética se convirtió meses después en la República Democrática Alemana (RDA). Un país dividido por una frontera casi infranqueable de mil cuatrocientos kilómetros que recorría de norte a sur el territorio, desde el mar Báltico hasta Baviera. En el sector oriental de Berlín se estableció la capital de la rda y la ciudad era el reflejo de la división mundial en dos bloques: el capitalista y el comunista.

A pesar de todo, en Berlín había cierta permisividad de tránsito, lo que propició un flujo de gente que pasaba al sector occidental. Las cifras eran significativas: entre 1945 y 1961, más de tres millones y medio de personas abandonaron la rda y se calculaba que por lo menos la mitad lo había hecho a través de la ciudad. Esta migración clandestina era facilitada porque decenas de miles pasaban cada día de un lado a otro, sobre todo por motivos laborales. La mayoría eran ciudadanos de Berlín Oriental que trabajaban en la zona oeste, pero también muchos berlineses de la zona internacional cruzaban al este y tanto unos como otros se beneficiaban de las condiciones económicas diferentes que se vivían en cada lado. Ese trasiego de personas, que eran conocidas como los “cruzafronteras” (Grenzgänger), representaba un problema social que estaba afectando la planificada economía de la RDA.

9 de noviembre de 1989, multitud celebrá la apertura de los pasos fronterizos a lo largo del muro de Berlín

Sin previo aviso, la noche del sábado 12 de agosto de 1961, el gobierno de Alemania del Este comenzó la edificación de un muro para separar su capital de la parte occidental de la ciudad. Las autoridades lo denominaron “muro de protección antifascista” (Antifaschistischer Schutzwall) y con su construcción pretendían controlar de manera más eficaz la migración de los trabajadores y profesionales socialistas hacia occidente. A pesar de la creación del Muro de Berlín, los intentos de pasar al otro lado continuaron pero fueron reprimidos de forma violenta. Todavía es incierto el saldo de víctimas mortales durante los veintiocho años que el Muro se mantuvo en pie, pero se calcula alrededor de las doscientas. La estructura divisoria fue evolucionando a lo largo de los años, y en la década de los ochenta había un muro de “cuarta generación”, de 3.60 metros de altura y 45 mil secciones independientes de hormigón.

La tarde del 9 de noviembre de 1989 Günter Schabowski, portavoz del politburó del Partido Socialista (SED), anunció de forma sorpresiva, en conferencia de prensa televisada, la derogación de las limitaciones a los permisos de viaje para los ciudadanos de la rda. Aunque los berlineses no se lo esperaban, esa noche salieron masivamente a la calle; así comenzó el desmantelamiento de un muro que había permanecido en pie durante casi tres décadas.

Consecuencias

Un poder no democrático nos gobierna, los gobiernos
son comisarios políticos del poder económico.
José Saramago

Con la caída del Muro de Berlín, que separaba los dos grandes bloques que regían el destino del planeta, se derrumbaron los gobiernos denominados comunistas, que basaban su visión organizativa del pueblo en ideas marxistas que se habían ido transformado con el ejercicio del poder.

La primera consecuencia fue la ruptura del equilibrio que produce la dualidad, hecho que ha modificado la relación de fuerzas a nivel mundial y el concepto de soberanía. Al no tener contrapeso, la democracia occidental ha ido transformándose en un modelo que, asentado sobre la idea de la globalización, pretende imponerse en todos los continentes como la mejor opción y la única éticamente aceptable. En palabras del filósofo Alexander Zinoviev: “Hoy vivimos en un mundo dominado por una sola fuerza, una ideología, y una de las partes globaliza a las otras.” (“L’Occident est devenu totalitaire”, Le Figaro-Magazine, 24/VII/99.)

Desde entonces la divergencia entre la democracia formal y la real no para de crecer. Los grandes partidos, antes casi antagónicos, han homogeneizado sus propuestas y en la práctica ya no existen diferencias entre unos y otros; no hay verdadera oposición al poder, salvo la de pequeñas minorías. Como consecuencia de esta falta de alternativas, una gran mayoría de electores se abstiene de votar; de esta forma, el sistema democrático se convierte en algo ficticio y totalmente neutralizado, pues no implica participación activa ni pluralismo.

Hace veinticinco años, la desaparición del Muro de Berlín marcó el final de un largo proceso histórico de transformaciones políticas, económicas, laborales e ideológicas. A partir de entonces se desató un poder sin precedentes del capitalismo, que está modificando radicalmente la sociedad. Se produjo una expansión generalizada de la cultura del consumo en todos los ámbitos sociales del planeta, lo que supone una creciente uniformidad en los modos de vida. Actualmente, las conquistas sociales logradas durante el pasado siglo desaparecen sometidas a los conceptos de productividad y rentabilidad.

La política neoliberal impone un totalitarismo económico que está al margen de los procesos de decisión popular y ejerce el poder real por encima de los Estados nacionales que, en la práctica, han perdido soberanía. El poder financiero supranacional ha sometido al poder político, incluso en los países occidentales, y todo parece tender a la formación de un gobierno mundial homogéneo controlado por los líderes del comercio internacional.

El poder global se impone a través de una ideología mercantilista y un discurso humanitario manipulado. Es importante resaltar el papel que ejercen los medios de comunicación y las nuevas tecnologías en este proceso. Llama la atención la difusión de una cultura alienante que basa la felicidad en el consumo y tiene como ejes fundamentales el dinero, el sexo y la violencia. Todo esto nos convierte en una sociedad heterónoma sometida a un poder ajeno, sostenido por fuerzas impersonales, que nos mantiene controlados y nos impide el libre desarrollo de nuestra naturaleza.

El muro de la globalización

La revolución ya no es posible,
pero la revuelta lo es más que nunca.
En cierto modo, el futuro pertenece a los rebeldes.
Alain de Benoist

La caída del Muro de Berlín supuso el fin de la dualidad que mantenía el equilibrio. Como consecuencia, Estados Unidos y sus aliados se erigieron como potencia hegemónica. Parece que se imponen las tesis más aciagas del neoconservador Francis Fukuyama, que en su controvertido libro El fin de la Historia y el último hombre (1992) anunciaba “el punto final de la historia ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”.

Desde que se rompió la vieja dualidad política y económica, el poder preponderante actúa sin oposición real a pesar de la aparición de nuevos contrarios –terrorismo internacional, narcotráfico, fundamentalismos, nacionalismos extremos, revueltas, etcétera–, muchas veces estimulados por el propio sistema plutocrático para atemorizar a la población y justificar la imposición de una política alienante y devastadora.

El poder totalitario ejercido por el sistema está construyendo un nuevo muro alrededor de todo el planeta: el muro de la globalización. Una muralla levantada gracias a la mundialización de un neoliberalismo económico voraz que empeora las condiciones de vida de la mayor parte de la humanidad y deteriora de manera irreversible la naturaleza.

Esperemos que, como hace veinticinco años, haya una reacción popular capaz de derribar este muro y terminar con la nueva dictadura que nos atenaza. Hay que ser optimistas y creer que el cambio aún es posible. Lo primero será buscar la fisura que permita destruir esa muralla de la globalización que nos mantiene en un supuesto orden mundial, donde lo único que parece ordenado es el desequilibrio entre pueblo y Estado supranacional, entre humanidad y naturaleza. El desmoronamiento de este mundo desatinado e injusto sólo se podrá lograr a base de rebeldía. Una rebeldía que emergerá, más que por cuestiones políticas, por la reacción popular ante la falta de libertad real y la pobreza generalizada, ante las discriminaciones sociales y la insostenible situación del medio ambiente.

También se necesita un enfoque diferente sobre el verdadero sentido de la vida del hombre sobre la tierra, que sustituya la obsesiva búsqueda de poder económico, social y político que el sistema nos impone. Una visión basada en valores que tiendan al equilibrio con nuestro medio, a la realización personal y comunitaria, a la solidaridad desinteresada, a la autocrítica, a la conciencia de especie y la recuperación de la armonía que los humanos perdimos desde el comienzo de la historia, al tomar un camino equivocado que sólo produjo guerras, destrucción y sufrimiento.

En definitiva, hay que encontrar alternativas que generen cambios reales de los que retoñe algo nuevo, ajeno a la dinámica repetida de vuelta a empezar por caminos ya recorridos que llevan a lo de siempre. Es la única esperanza para una humanidad que está rebasando sus propios límites y marcha forzosamente hacia una crisis final de proporciones desconocidas.

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