Economía marxista para el Siglo XXI

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El mayor estadista del último medio siglo

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Guillermo Almeyra
Fidel Castro fue, con mucho, el mayor estadista del reciente medio siglo. Fue el último de los grandes revolucionarios dirigentes de las movilizaciones democráticas de liberación nacional que comenzaron en 1910 con las revoluciones china, persa y mexicana, y durante y después de la Segunda Guerra Mundial llevaron a la independencia y unidad del subcontinente indio y de Indonesia, Indochina, las colonias africanas, el Egipto nasseriano y Argelia.

Cuba es un pequeño país de 11.5 millones de habitantes. Durante mucho tiempo dependió económicamente de la exportación de un monocultivo –el azúcar de caña-, de ron y tabaco y del turismo, y depende ahora tam-bién de la provisión de servicios (turismo, envío de médicos y enseñantes). Esta economía de postre (lujos prescindibles como el tabaco y la bebida) y de servicios produce muy escasas ganancias y dependen de la distribución de la plusvalía mundial que se produce en regiones más industrializadas, o sea, de los excedentes económicos de que puedan disponer los sectores medios que consumen esos bienes y servicios no indispensables. Es, por lo tanto, un país frágil y dependiente.

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Atendible llamado a la unidad en México

El problema es el sistema capitalista, no solo el régimen
¡Forjemos la unidad, desterremos el sectarismo!
Organizaciones simpatizantes de la IV Internacional
 “Es hora de unir el repudio al Estado y a sus instituciones de los neozapatistas con el repudio a este Estado y este gobierno de los millones que depositan sus esperanzas en Morena y con el de los estudiantes y demócratas de todo tipo, hartos de las atrocidades cotidianas. Como piden los familiares de los normalistas de Ayotzinapa es hora de que el Estado pague y de echar al gobierno a Peña Nieto. Es hora de unirse. O nos salvamos juntos o nos hundimos por separado.”
Guillermo Almeyra, “México: lo viejo y los nuevo” La Jornada 28 de diciembre La justa indignación nacional por el asesinato y desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa -que condensa décadas de rabia por la creciente miseria, violencia, despojo, corrupción e impunidad, que provoca la avaricia de los de arriba-, está generando diversas demandas como la renuncia de Enrique Peña Nieto, la convocatoria a un congreso constituyente, el boicot a las elecciones parlamentarias de este año o la expectativa, según las últimas encuestas, de que Morena capitalice el voto de protesta en contra de los partidos del sistema PRI-PAN-PRD-Verde. Tendría fatales consecuencias, para quienes nos ubicamos de este lado de la barricada, el que nuestro movimiento se dividiese por una diferencia de ópticas electorales. El tema electoral, cualquiera que sea la postura que se adopte, no debe ser obstáculo para alcanzar la unidad de acción en diversos asuntos vitales. Después de todo participar en las elecciones no es una cuestión de principio, lo mismo que no participar. Es hora de atrevernos a mirar por encima de las diferencias tácticas para ponernos de acuerdo en las cuestiones estratégicas. ¿Qué queremos decir con esto?
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“El capitalismo nos ha llevado a un nuevo siglo XIX”: Guillermo Almeyra

Guillermo Almeyra. Foto Jesús Villaseca

Guillermo Almeyra. Foto Jesús Villaseca

  • El EZLN despertó la conciencia de la población, señala
  • Lo principal en la vida es responderle a la conciencia, independientemente de si se logran o no los objetivos. Lo importante es la lucha por lograrlo, y la capacidad de sacar de la experiencia un balance crítico para no repetir los mismos errores

Blanche Petrich

 Periódico La Jornada
Martes 18 de febrero de 2014, p. 10

Guillermo Almeyra, argentino trashumante, llega a los 85 años de edad con un libro que escribe para los jóvenes: Militante crítico: una vida de lucha sin concesiones*, donde relata los contextos de cada época, cada uno de los países donde transcurrieron sus 70 años de militancia de izquierda, 26 de éstos en partidos trotskistas.

Con su mirada de crítico sistemático y erudito en la teoría marxista, pero ya libre de ataduras partidistas, como un cane sciolto, perro sin correa, relata los momentos más esperanzadores y las derrotas más dolorosas de las izquierdas en Argentina y México.

Y de ellas platica en entrevista con La Jornada, con su visión de largo plazo; desde ese mirador de la historia que le hizo responder a Zhou En Lai, el líder de la revolución china (1949-1979), su opinión sobre la revolución francesa (1789): Es demasiado pronto para juzgarla. Almeyra dice algo parecido, después del recuento de las derrotas de todas las experiencias revolucionarias que analiza: Uno no siembra para hoy, se siembra para mañana. (más…)

El viejo vientre inmundo de la extrema derecha

Incidentes en el centro de Atenas, frente a oficinas de Amanecer Dorado.

Incidentes en el centro de Atenas, frente a oficinas de Amanecer Dorado. Foto Kaos en la Red

Guillermo Almeyra
El viejo vientre inmundo de la extrema derecha puede seguir pariendo monstruos, advertía Bertolt Brecht. Ahí están, para probarlo, los neonazis italianos que homenajean al nazi Priebke, quien asesinó a 335 italianos en las Fosas Ardeatinas en Roma; los neonazis griegos de Aurora Dorada; el crecimiento de la extrema derecha en los países nórdicos y en Francia, detrás del Frente Nacional (FN) de Jean-Marie y Marine Le Pen, e incluso el tea party estadunidense. La xenofobia, el racismo, el antisemitismo, el chauvinismo, la demagogia, el liberalismo extremo, el rechazo a la solidaridad social, a la justicia social, al socialismo, caracterizan a estos movimientos que dicen combatir al gran capital aunque lo sirven y, como Hitler cuando bautizaba socialista a su nacionalismo y adoptaba una bandera roja o Mussolini con su República Social, intentan agitar tradicionales banderas de la izquierda para lograr popularidad y practicar una política reaccionaria.

Son movimientos con base en las clases medias bajas, conservadoras, aplastadas y condenadas por la política del gran capital financiero, pero que –estimulados por los grandes medios de comunicación– desvían su odio contra el movimiento obrero, los sectores más pobres de la población, como los inmigrantes, los otros (musulmanes, judíos, gitanos) y los políticos, no contra sus verdugos.

Estos movimientos reaparecen y prosperan en los momentos de crisis económica y de necesidad de redefiniciones políticas: los años 20 después de la Primera Guerra, en Italia; poco después en la Alemania en crisis; en Francia, España e Inglaterra, Hungría, Rumania, Polonia en los 30; nuevamente en Italia con el Uomo Qualunque de Guglielmo Giannini en 1944-1946, en la inmediata postguerra y cuando había que definir si el país sería monárquico o republicano, de nuevo en Francia con Pierre Poujade en 1953. (más…)

Egipto y la primavera que durará

PRIMAVERA-ARABE-EGIPTO
Guillermo Almeyra
Aunque hay impresionistas que sólo ven botas y un golpe militar en Egipto –olvidando que Nasser o Chávez también fueron golpistas y militares–, lo que sucede en ese país es algo mucho más complejo. En primer lugar, el conservador general Abdel Fattah Al Sisi acaba de sacar del poder al partido reaccionario mejor organizado y enraizado, ligado con Estados Unidos y con Qatar y los emiratos –la ultrarreaccionaria Hermandad Musulmana–, cuyos líderes están presos, como sigue en la cárcel la camarilla proimperialista de Hosni Mubarak.

El ejército decidió sacar del gobierno a los reac­cionarios y poner en el mismo a técnicos liberales aceptables por Washington pero no agentes de éste ni de los emiratos, porque crecía la rebelión popular que abarcaba a los liberales, los nacionalistas nasseristas, la izquierda democrática, la izquierda revolucionaria y socialista, los sindicatos, un importante sector de la burguesía comercial laica (que antes seguía al Wafd) y la burguesía comercial cristiana copta, que sufría la intolerancia islámica salafita. Esa marea democrática social comenzaba a organizarse, a crear comités y había reunido más de 22 millones de firmas contra Morsi y la Hermandad Musulmana, lo cual indica que muchos musulmanes democráticos la apoyan. El crecimiento de esta rebelión, por un lado, asustó al mando militar conservador (Al Sisi fue jefe de inteligencia en tiempos de Mubarak y fue ascendido por Morsi) y, por otro lado, estimuló las tendencias nacionalistas y bonapartistas existentes desde la mitad del siglo pasado. No hay que olvidar en efecto que el golpe que derribó a la corrupta monarquía del rey Faruk en 1952 estuvo encabezado por el conservador general Mohammed Naguib y no por el más audaz y nacionalista Gamal Abdel Nasser, que después defenestró al primero. Por lo tanto, lo que cuenta es la dinámica que puede llegar a tener el proceso, no el conservadurismo de su primer representante.

Los militares hicieron en realidad un contrafuego, tomaron una medida preventiva, entregando en seguida el gobierno a técnicos que deben elaborar una nueva Constitución (la actual, reaccionaria, fue anulada) y preparar elecciones en seis meses. Salieron de los cuarteles para llenar un vacío antes de que la rebelión encontrase una dirección y un programa propios y para encauzar por la vía burguesa un movimiento que es plebeyo, nacionalista y contrario a los intereses del imperialismo y de sus agentes en la región (desde Qatar hasta Israel). Corrieron el riesgo de acercarse al movimiento de rebeldía y de sufrir su contagio, que es importante desde hace rato, como se ve en la actitud popular ante los soldados, a quienes los que luchan por la democracia ven como aliados de un tipo especial.

En escala internacional, la humanidad está aún ante la realización de las tareas democráticas que encaró la Revolución Francesa: la unidad nacional, la independencia política, la democracia, la redistribución de la tierra. Contrariamente a la visión superficial que habla de primavera árabe, ésta no dura semanas o meses sino muchas décadas, como lo demostró el despertar los pueblos europeos en 1848, que se repitió inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y después de los años 80. La lucha por la unificación de la nación árabe –fragmentada por las potencias colonialistas y por las monarquías en los siglos XIX y XX– dura ya 70 años. En efecto, viene en realidad desde el levantamiento de Orán, en Argelia, en los años 40, salvajemente reprimido por el imperialismo francés, y pasa por la independencia argelina, el nacionalismo árabe en Egipto, Libia, Siria, Líbano, Yemen, el nasserismo y los intentos de unidad en una sola república árabe, la constitución del partido y el gobierno revolucionario socialista en Yemen del Sur en los 70, el apoyo constante a la Intifada palestina, y aún no ha terminado ni terminará. Sobre todo porque el capital financiero se esfuerza por retrotraer el mundo desde el punto de vista social a lo que imperaba en el siglo XIX y, por lo tanto, vuelve al colonialismo, pisotea las soberanías, restringe brutalmente los espacios democráticos e instaura métodos fascistas hasta en las metrópolis, al mismo tiempo que la situación económica empeora gravemente para los trabajadores y para los países dependientes. Pero la experiencia, la organización, el nivel social y cultural, sin embargo, de los pueblos, son hoy muy superiores a los de hace dos siglos.

Las clases medias urbanas –y en éstas se incluyen los militares, que por su origen social pertenecen a ellas– sufren el embate combinado del cierre de sus expectativas de ascenso social y hasta de consumo, de la crisis económica que les niega el futuro y de la prepotencia del capital financiero internacional. El ejército, en algunas condiciones de América Latina o de países árabes o africanos, sirve de partido para los nacionalistas y demócratas que desean un cambio. ¿Acaso no participaron militares antibatistianos en la revolución cubana? Ese aparato de represión y de sostén del Estado burgués puede, en determinadas condiciones de crisis, producir en su seno tendencias como la de Lázaro Cárdenas que, desde el Estado capitalista y con el sostén o la neutralidad benévola de grandes sectores populares, tratan de hacer algunas de las tareas democráticas y sociales que exige la situación si la rebelión que crece no tiene una dirección más avanzada y más reconocida. Ese cesarismo es un pésimo sustituto de una dirección política de los trabajadores, y la revolución pasiva desde arriba, que esos sectores emprenden, es siempre temerosa y está mezclada con represiones, pero no tiene nada que ver con los golpes militares que tratan de salvar al régimen en peligro y que son profundamente conservadores.

Por consiguiente, existe el peligro de que amplios sectores populares se ilusionen ante estos nuevos salvadores salidos de los cuarteles y los sigan, en vez de apoyarlos, desbordarlos, dirigirlos. Sobre todo que el ejército, como todo aparato, no es homogéneo ni tiene formación política, y existe el peligro de luchas intestinas, estimuladas por la intervención imperialista, en las que los trabajadores no pueden permanecer indiferentes pero deben siempre mantener su independencia política.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/07/07/opinion/022a1pol

Estado, sindicatos, burocracias sindicales

Niños trabajando en mina de coltan en pleno siglo XXI

Niños ingleses trabajando siglo XIX
Guillermo Almeyra

Mientras exista el régimen salarial los trabajadores serán explotados o por los empresarios capitalistas o por el Estado como capitalista colectivo y, por consiguiente, deberán defenderse de ambos tratando de vender su mercancía particular, la fuerza de trabajo, por un precio más alto y en mejores condiciones. Para ello les convendrá unirse en grupos de productores de esa mercancía, o sea, en sindicatos por rama y por industria, para pesar más en el mercado frente a los capitalistas, que hasta forman monopolios. Los sindicatos son así, por un lado, una escuela elemental de unión y solidaridad clasista frente a los capitalistas y al Estado y, al mismo tiempo, instrumentos de incorporación de los trabajadores al sistema capitalista y de su asimilación por la ideología de mercado, así como una herramienta de dominación del Estado, en su acepción más amplia, y de control y sometimiento de los trabajadores mediante la mediación entre el aparato estatal, los capitalistas y las burocracias sindicales; éstas no son obreras sino burguesas porque defienden y difunden la ideología de las clases dominantes.

La independencia de los sindicatos frente a la patronal y frente al Estado, así como el pluralismo y la democracia en el seno de las organizaciones sindicales, son requisitos indispensables si se quiere evitar que los sindicatos sean simples instrumentos de los patrones o meras correas de transmisión del partido de gobierno (que, a veces, incluso es único y está fusionado con el Estado) y pierdan, por lo tanto, su papel en la defensa de los intereses de sus miembros para pasar a defender los del capitalismo de Estado o los de la burocracia (como en la ex Unión Soviética y en los países mal llamados socialistas). (más…)

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