Economía marxista para el Siglo XXI

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Ser socialista en Estados Unidos

Jacobin

Nueva Sociedad 247

Jacobin Magzine
Entrevista con Seth Ackerman
Marc Saint-Upéry

Sin duda es una operación arriesgada lanzar una revista socialista en Estados Unidos, especialmente para unos jóvenes veinteañeros que no cuentan con apoyo financiero de ninguna institución. Pero con 2.000 suscripciones y 250.000 visitas mensuales a su sitio web, además de cierta capacidad para intervenir en los debates fuera de los guetos progresistas norteamericanos, la revista Jacobin atrajo incluso la atención de editorialistas de medios hegemónicos como The New York Times. A igual distancia del internacionalismo sofisticado pero un poco desarraigado de New Left Review, del clasicismo marxista y tercermundista muy años 60 de Monthly Review o de la seriedad un tanto austera de Dissent –la venerable vieja dama del socialismo democrático estadounidense–, Jacobin mantiene una camaradería intelectual y política con todas las expresiones de la izquierda estadounidense, esforzándose en difundir antiguas verdades y nuevas preguntas en un estilo a menudo corrosivo y con una inédita sensibilidad generacional. En esta entrevista, Seth Ackerman, doctorando en Historia en la Universidad de Cornell, cofundador y miembro del comité editorial de la revista, ofrece algunas claves de este proyecto que ha tomado como identidad visual a los jacobinos negros que desde la lejana Haití pusieron de relieve las aporías del Iluminismo y trataron de poner en marcha un profundo proyecto emancipatorio.

leer la entrevista completa:

A Marxist in Keynes’ Court

Maurice Dobb was one of John Maynard Keynes’ favorite students. He was also a committed Marxist and a member of the Communist Party of Great Britain.

Illustration by "Kotryna Zukauskaite

Illustration by “Kotryna Zukauskaite

No economist — maybe no human — has ever been better at scorn than John Maynard Keynes. He was a masterful debater when he wanted to be. But, like the proper scion of Britain’s elite that he was, Keynes preferred to laugh at his enemies. In 1925, sympathizers with the Soviet Union were treated to a world-class exhibition of this disdain. Keynes had just returned from his first trip to the USSR, and he was ready to wax polemical.

“How can I accept a doctrine,” he asked, “which sets up as its bible, above and beyond criticism, an obsolete economic textbook which I know to be not only scientifically erroneous but without interest or application to the modern world? How can I adopt a creed which, preferring the mud to the fish, exalts the boorish proletariat above the bourgeois and intelligentsia who, with whatever faults, are the quality of life and surely carry the seeds of all human advancement? Even if we need a religion, how can we find it in the turbid rubbish of the Red bookshops.” “It is hard,” he concluded, “for an educated, decent, intelligent son of Western Europe to find his ideals here, unless he has first suffered some strange and horrid process of conversion which has changed all his values.” (más…)

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