Economía marxista para el Siglo XXI

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“Contra la promesa neoliberal de un mundo sin pobreza ni desempleo. El verdadero secreto del libre comercio”: Anwar Shaikh

El libre comercio no contribuye al desarrollo de por sí. Se necesitan políticas económicas diseñadas para promover la industria nacional a un nivel en el que sea globalmente competitiva. De lo contrario, el país terminará cubriendo su déficit con deuda.

Vivimos en un mundo caracterizado por enormes riquezas y elevados niveles de pobreza. Ese escenario se repite en la mayoría de los países. El neoliberalismo domina el mundo. Se trata de una práctica aparentemente justificada por un conjunto de supuestos que tienen su raíz en la teoría económica convencional. Los mercados están representados por estructuras sociales óptimas y autorregulables que, si se las dejara funcionar sin restricciones, permitirían atender en forma óptima las necesidades económicas, utilizar eficientemente los recursos y generar automáticamente el pleno empleo para todas las personas que deseen trabajar. Por extensión, la globalización de los mercados sería el mejor mecanismo para extender los beneficios a todo el mundo.

La teoría y práctica del neoliberalismo generaron, con razón, una importante oposición de activistas, hacedores de política y académicos. Sin embargo, el neoliberalismo continúa siendo una importante influencia en las ciencias sociales, el sentido común y en los círculos políticos. En la práctica, las naciones poderosas y las instituciones que sostienen y difunden esta agenda fueron exitosas para expandir la ley del mercado. En consecuencia, por todo el mundo persisten enormes bolsones de pobreza y profundas desigualdades y las crisis siguen estallando. Acabamos de ingresar en la primera Gran Depresión del siglo XXI.

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“The End Of Capitalism?”: David Harvey

The End of Capitalism?

Dr. S.T. Lee Distinguished Lecture in the Humanities
Penn Humanities Forum
University of Pennsylvania, Philadelphia
November 30, 2011

 

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“Indignación en Harvard”: Julia Evelyn Martínez

Un un hecho insólito, digno de ser incluido en la saga de “Aunque usted no lo crea”de Ripley, el pasado 02.11.2011, un grupo de estudiantes de economía tomó la decisión de retirarse en bloque de la cátedra de Introducción a la Economía de la Universidad Harvard, en protesta por el contenido y el enfoque desde el cual se imparte esta materia.

¿Qué hay de asombroso en este hecho?. En primera lugar, la protesta tuvo como destinatario directo al conocido economista Gregory Mankiw, ex asesor del Presidente George W. Bush y autor de uno de los manuales de macroeconomía más utilizado en las escuelas de economía dentro y fuera de Estados unidos. En segundo lugar, porque de acuerdo a la carta entregada por los/as estudiantes antes de retirarse de la cátedra, el motivo de la protesta fue su indignación por lo que consideran el vacío intelectual y la corrupción moral y económica de gran parte del mundo académico, cómplices por acción u omisión en la actual crisis económica. Y en tercer lugar, se trata de un hecho insólito, porque los integrantes del movimiento estudiantil detrás de este hecho de indignación académica en contra del pensamiento único neoclásico, pertenecen a la élite económica, social y política de los Estados Unidos, que se forma en la Universidad de Harvard para dirigir las corporaciones empresariales globales y/o para asesorar a los gobiernos en materia de políticas económicas y financieras.

En diversos párrafos de la carta al profesor Mankiw se lee: “hoy estamos abandonando su clase, con el fin de expresar nuestro descontento con el sesgo inherente a este curso. Estamos profundamente preocupados por la forma en que este sesgo afecta a los estudiantes, a la Universidad, y nuestra sociedad en general (…) Un estudio académico legítimo de la economía debe incluir una discusión crítica de las ventajas y los defectos de los diferentes modelos económicos. A medida que su clase no incluye las fuentes primarias y rara vez se cuenta con artículos de revistas académicas, tenemos muy poco acceso a aproximaciones económicas alternativas. No hay ninguna justificación para la presentación de las teorías económicas de Adam Smith como algo más fundamental o básico que, por ejemplo, la teoría keynesiana ..(…) ..Los graduados de Harvard juegan un papel importante en las instituciones financieras y en la conformación de las políticas públicas en todo el mundo. Si falla la Universidad de Harvard a la hora de equipar a sus estudiantes con una comprensión amplia y crítica de la economía, sus acciones serán susceptibles de perjudicar el sistema financiero mundial. Los últimos cinco años de crisis económica han sido prueba suficiente de ello”. La carta concluye: “No estamos retirando de su clase este día, tanto para protestar por la falta de discusión de la teoría económica básica y como para dar nuestro apoyo a un movimiento que está cambiando el discurso estadounidense sobre la injusticia económica (Occupy wall street) . Profesor Mankiw, le pedimos que se tome nuestras inquietudes y nuestro retiro de su clase en serio”.

Según reportan los escasos medios de comunicación que le dieron cobertura a esta protesta, el movimiento de los estudiantes de Harvard a favor de una economía crítica, se ha ampliado y ha incorporado otras demandas para hacer de Harvard una “universidad socialmente responsable”. Una de éstas consiste en la negociación de contratos de trabajo más dignos para el personal de servicios de la universidad que sufre las políticas de flexibilización laboral que tanto daño le han ocasionado a la clase trabajadora norteamericana. Movimientos similares han comenzado a surgir en la Universidad de Duke (Carolina del Norte) y en la Universidad de Berkeley (California)

El movimiento iniciado en Harvard por un cambio en el enfoque dominante de la enseñanza de la economía no es nuevo. Más bien es un movimiento que viene a sumarse a la iniciativa por un cambio en la enseñanza de esta disciplina que iniciaron en mayo de 2000 los y las estudiantes de las universidades francesas y que meses después recibió el apoyo de estudiantes de Cambridge, Inglaterra.

En ese entonces, también el movimiento estudiantil francés hizo pública una carta declarándose globalmente descontento por la enseñanza recibida, que les impedía lograr una comprensión profunda de los fenómenos económicos a los cuales las personas se enfrentan en el mundo real. Un pasaje de esta carta señalaba que “ la mayor parte de nosotros ha escogido la formación económica con el fin de adquirir una comprensión profunda de los fenómenos económicos a los cuales el ciudadano de hoy en día se encuentra confrontado. Ahora bien, la enseñanza tal como es expuesta –es decir en la mayor parte de los casos la teoría neoclásica o enfoques derivados –, generalmente no responde a esta expectativa”. La carta finalizaba con un exhortación al profesorado francés similar al mensaje enviado al profesor Mankiw: ¡Despiértense antes de que sea demasiado tarde!.

Hace casi 200 años, John Stuart Mill al asumir como Rector de la Universidad de Saint Andrew, recordaba al claustro de profesores de dicha universidad, que la función de las universidades no es hacer que los estudiantes aprendan a repetir lo que se les enseña como verdadero sino que su función es formar personas con capacidad de pensar por si mismas. De acuerdo a este gran economista y filosofo, las universidades deben enseñarles a las personas a “Poner en duda las cosas; no aceptar doctrinas, propias o ajenas, sin el riguroso escrutinio de la crítica negativa, sin dejar pasar inadvertidas falacias, incoherencias o confusiones; sobre todo, insistir en tener claro el significado de una palabra antes de usarla y el significado de una proposición antes de afirmarla……. El objetivo de la universidad no es enseñar el conocimiento requerido para que los estudiantes puedan ganarse el sustento de una manera particular. Su objetivo no es formar abogados ó médicos ó ingenieros (ó economistas) hábiles, sino seres humanos capaces y sensatos……. Los estudiantes son seres humanos antes de ser abogados, médicos, comerciantes o industriales; y sí se les forma como seres humanos capaces y sensatos, serán por sí mismos médicos y abogados (y economistas) capaces y sensatos”.

Es obvio que la incapacidad de las universidades actuales de formar economistas críticos y sensatos no responde únicamente a posturas personales e ideológicas de docentes y/o autoridades universitarias, sino más bien responde a factores relacionados con el rol que las universidades cumplen en la reproducción de las relaciones de poder dentro del sistema capitalista en su fase neoliberal. Probablemente uno de los principales factores explicativos de la crisis en la enseñanza de una economía crítica e integral, es la pérdida de la identidad e independencia de las universidades debido a que han sido capturadas por los intereses de las corporaciones y/o por la demanda del mercado. Se les ha presionado directa (o indirectamente) a convertirse en empresas educativas con la misión de formar a los dos tipos básicos de economistas que demanda el mercado en la fase actual del capitalismo: economistas especialistas altamente calificados/as y economistas generalistas poco calificados/as para apoyar a especialistas o para desempeñarse en funciones gerenciales. Esto a su vez ha conducido a una especie de fragmentación del conocimiento y a la ausencia de pensamiento crítico. ¿El resultado final? Economistas formados para adaptarse y/o colaborar con el status quo que mantiene a la mayor parte de la humanidad en la exclusión y la pobreza.

El mensaje que desde Harvard envían los y las estudiantes de economía, no debería pasar desapercibido por las escuelas de economía del mundo entero, en particular por las escuelas de economía de los países del sur. Es tiempo de rectificar el rumbo (si se ha perdido en algún momento). Es tiempo de separar la verdadera función universitaria de la función de formación técnica superior, y sobre todo, es tiempo de devolverle a la enseñanza de la economía el carácter crítico, riguroso e integral que tanta falta hace en los momentos actuales de crisis sistémica que ha provocado el sistema capitalista.

Si no actuamos ahora, con hechos y no con meros discursos, las escuelas de economía (y quienes trabajamos en ellas) estamos en riesgo de correr – más tarde o más temprano- con la misma suerte del desafortunado profesor Mankiw.

Introducción del libro: “La crisis financiera y monetaria mundial. Endeudamiento, especulación, austeridad” de Louis Gill

“Introducción”

Del libro de Louis Gill : La crise financière et monétaire mondia-le. Endettement, spéculation, austérité, pp. 7-25. Montréal : M Édi-teur, 2011, 141 pp. Collection : Mobilisations.

La crisis mundial desencadenada en julio de 2007, entró, en el verano de 2011, en su quinto año. Antes de 2007, poca gente había oído hablar de este “papel comercial adosado a activos” que hizo perder 40 mil millones de dólares a la Caja de depósito e inversión de Quebec sobre un activo de 155 mil millones de dólares en 2008, ni de las hipotecas de alto riesgo llamadas “subprimes” en el argot financiero estadounidense, ni de la multitud de productos financieros exóticos y tóxicos nacidos recientemente de una “innovación financiera” deletérea, que contribuyeron a hundir la economía mundial en el marasmo. Aunque Quebec y Canadá se fueron relativamente librando de esta crisis tan grave y se han ido recuperando rápidamente y emergiendo mejor que otros países, esto no debe enmascarar el hecho de que la economía mundial está lejos de salir de ella, a pesar de las apreciaciones optimistas de observadores con prisa por anunciar la vuelta al los buenos tiempos.

La crisis financiera de 2007-2008 fue generada por los medios que se utilizaron para sacar la economía de Estados Unidos del letargo consiguiente al pinchazo de la “burbuja tecnológica” a principios de los 2000: tasas de interés muy bajas, designación del sector inmobiliario como vector central del relanzamiento económico, promoción del acceso a la propiedad mediante un endeudamiento sin tener en cuenta los medios financieros de los compradores y refinanciación de hipotecas bajo la forma de márgenes de crédito hipotecario destinadas a acrecentar el consumo corriente.

De ello se siguió un fuerte movimiento especulativo que transformó la vivienda de lugar de residencia en activo financiero susceptible de reventa con ganancia lo que dio lugar a una inversión excesiva en la construcción de viviendas, componente de una sobreproducción general de mercancías financiada por el endeudamiento, y de una sobreinversión que alcanzó a todos los sectores de la economía. Desarrollos del mismo tipo se produjeron en otras partes del mundo, sobre todo en Gran Bretaña, en Irlanda y en España. La fórmula funcionó mientras los precios inmobiliarios aumentaron y las tasas de interés eran bajas. Sin embargo, los precios se desplomaron a partir de 2006 por culpa de la superproducción de viviendas, de modo que su valor mercantil cayó por debajo del valor de la hipoteca y las tasas de interés hipotecario comenzaron al mismo tiempo a aumentar. De ahí el gran número de quiebras y el estallido de la burbuja en 2007.

Introducción del libro: “La crisis financiera y monetaria mundial. Endeudamiento, especulación, austeridad”

Extaído de: http://marxismocritico.com

“Rebels on the Street: The Party of Wall Street Meets its Nemesis”: David Harvey

Verso Books Blog
October 28, 2011

The Party of Wall Street has ruled unchallenged in the United States for far too long. It has totally (as opposed to partially) dominated the policies of Presidents over at least four decades (if not longer), no matter whether individual Presidents have been its willing agents or not. It has legally corrupted Congress via the craven dependency of politicians in both political parties upon its raw money power and upon access to the mainstream media that it controls. Thanks to the appointments made and approved by Presidents and Congress, the Party of Wall Street dominates much of the state apparatus as well as the judiciary, in particular the Supreme Court, whose partisan judgments increasingly favor venal money interests, in spheres as diverse as electoral, labor, environmental and contract law.

The Party of Wall Street has one universal principle of rule: that there shall be no serious challenge to the absolute power of money to rule absolutely. And that power is to be exercised with one objective. Those possessed of money power shall not only be privileged to accumulate wealth endlessly at will, but they shall have the right to inherit the earth, taking either direct or indirect dominion not only of the land and all the resources and productive capacities that reside therein, but also assume absolute command, directly or indirectly, over the labor and creative potentialities of all those others it needs. The rest of humanity shall be deemed disposable.

These principles and practices do not arise out of individual greed, short-sightedness or mere malfeasance (although all of these are plentifully to be found). These principles have been carved into the body politic of our world through the collective will of a capitalist class animated by the coercive laws of competition. If my lobbying group spends less than yours then I will get less in the way of favors. If this jurisdiction spends on people’s needs it shall be deemed uncompetitive.

Many decent people are locked into the embrace of a system that is rotten to the core. If they are to earn even a reasonable living they have no other job option except to give the devil his due: they are only “following orders,” as Eichmann famously claimed, “doing what the system demands” as others now put it, in acceding to the barbarous and immoral principles and practices of the Party of Wall Street. The coercive laws of competition force us all, to some degree of other, to obey the rules of this ruthless and uncaring system. The problem is systemic not individual.

The party’s favored slogans of freedom and liberty to be guaranteed by private property rights, free markets and free trade, actually translate into the freedom to exploit the labor of others, to dispossess the assets of the common people at will and the freedom to pillage the environment for individual or class benefit.

Once in control of the state apparatus, the Party of Wall Street typically privatizes all the juicy morsels at less than market value to open new terrains for their capital accumulation. They arrange subcontracting (the military-industrial complex being a prime example) and taxation practices (subsidies to agro-business and low capital gains taxes) that permit them freely to ransack the public coffers. They deliberately foster such complicated regulatory systems and such astonishing administrative incompetence within the rest of the state apparatus (remember the EPA under Reagan and FEMA and “heck-of-a job” Brown under Bush) as to convince an inherently skeptical public that the state can never ever play a constructive or supportive role in improving the daily life or the future prospects of anyone. And, finally, they use the monopoly of violence that all sovereign states claim, to exclude the public from much of what passes for public space and to harass, put under surveillance and, if necessary, criminalize and incarcerate all those who do not broadly accede to its dictates. It excels in practices of repressive tolerance that perpetuate the illusion of freedom of expression as long as that expression does not ruthlessly expose the true nature of their project and the repressive apparatus upon which it rests.

The Party of Wall Street ceaselessly wages class war. “Of course there is class war,” says Warren Buffett, “and it is my class, the rich, who are making it and we are winning.” Much of this war is waged in secret, behind a series of masks and obfuscations through which the aims and objectives of the Party of Wall Street are disguised.

The Party of Wall Street knows all too well that when profound political and economic questions are transformed into cultural issues they become unanswerable. It regularly calls up a huge range of captive expert opinion, for the most part employed in the think tanks and universities they fund and splattered throughout the media they control, to create controversies out of all manner of issues that simply do not matter and to propose solutions to questions that do not exist. One minute they talk of nothing other than the austerity necessary for everyone else to cure the deficit and the next they are proposing to reduce their own taxation no matter what impact this may have on the deficit. The one thing that can never be openly debated and discussed, is the true nature of the class war they have been so ceaselessly and ruthlessly waging. To depict something as “class war” is, in the current political climate and in their expert judgment, to place it beyond the pale of serious consideration, even to be branded a fool if not seditious.

But now for the first time there is an explicit movement to confront The Party of Wall Street and its unalloyed money power. The “street” in Wall Street is being occupied – oh horror upon horrors – by others! Spreading from city to city, the tactics of Occupy Wall Street are to take a central public space, a park or a square, close to where many of the levers of power are centered, and by putting human bodies in that place convert public space into a political commons, a place for open discussion and debate over what that power is doing and how best to oppose its reach. This tactic, most conspicuously re-animated in the noble and on-going struggles centered on Tahrir Square in Cairo, has spread across the world (Plaza del Sol in Madrid, Syntagma Square in Athens, now the steps of Saint Paul in London as well as Wall Street itself). It shows us that the collective power of bodies in public space is still the most effective instrument of opposition when all other means of access are blocked. What Tahrir Square showed to the world was an obvious truth: that it is bodies on the street and in the squares not the babble of sentiments on twitter or facebook that really matter.

The aim of this movement in the United States is simple. It says: “We the people are determined to take back our country from the moneyed powers that currently run it. Our aim is to prove Warren Buffett wrong. His class, the rich, shall no longer rule unchallenged nor automatically inherit the earth. Nor is his class, the rich, always destined to win.”

It says “we are the 99 percent.” We have the majority and this majority can, must and shall prevail. Since all other channels of expression are closed to us by money power, we have no other option except to occupy the parks, squares and streets of our cities until our opinions are heard and our needs attended to.

To succeed the movement has to reach out to the 99 percent. This it can and is doing step by step. First there are all those being plunged into immiseration by unemployment and all those who have been or are now being dispossessed of their houses and their assets by the Wall Street phalanx. It must forge broad coalitions between students, immigrants, the underemployed, and all those threatened by the totally unnecessary and draconian austerity politics being inflicted upon the nation and the world at the behest of the Party of Wall Street. It must focus on the astonishing levels of exploitation in workplaces – from the immigrant domestic workers who the rich so ruthlessly exploit in their homes to the restaurant workers who slave for almost nothing in the kitchens of the establishments in which the rich so grandly eat. It must bring together the creative workers and artists whose talents are so often turned into commercial products under the control of big money power.

The movement must above all reach out to all the alienated, the dissatisfied and the discontented, all those who recognize and deeply feel in their gut that there is something profoundly wrong, that the system that the Party of Wall Street has devised is not only barbaric, unethical and morally wrong, but also broken.

All this has to be democratically assembled into a coherent opposition, which must also freely contemplate what an alternative city, an alternative political system and, ultimately, an alternative way of organizing production, distribution and consumption for the benefit of the people, might look like. Otherwise, a future for the young that points to spiraling private indebtedness and deepening public austerity, all for the benefit of the one percent, is no future at all.

In response to the Occupy Wall Street movement the state backed by capitalist class power makes an astonishing claim: that they and only they have the exclusive right to regulate and dispose of public space. The public has no common right to public space! By what right do mayors, police chiefs, military officers and state officials tell we the people that they have the right to determine what is public about “our” public space and who may occupy that space when? When did they presume to evict us, the people, from any space we the people decide collectively and peacefully to occupy? They claim they are taking action in the public interest (and cite laws to prove it) but it is we who are the public! Where is “our interest” in all of this? And, by the way, is it not “our” money that the banks and financiers so blatantly use to accumulate “their” bonuses?

In the face of the organized power of the Party of Wall Street to divide and rule, the movement that is emerging must also take as one of its founding principles that it will neither be divided nor diverted until the Party of Wall Street is brought either to its senses – to see that the common good must prevail over narrow venal interests – or to its knees. Corporate privileges to have all of the rights of individuals without the responsibilities of true citizens must be rolled back. Public goods such as education and health care must be publically provided and made freely available. The monopoly powers in the media must be broken. The buying of elections must be ruled unconstitutional. The privatization of knowledge and culture must be prohibited. The freedom to exploit and dispossess others must be severely curbed and ultimately outlawed.

Americans believe in equality. Polling data show they believe (no matter what their general political allegiances might be) that the top twenty percent of the population might be justified in claiming thirty percent of the total wealth. That the top twenty percent now control 85 percent of the wealth is unacceptable. That most of that is controlled by the top one percent is totally unacceptable. What the Occupy Wall Street movement proposes is that we the people of the United States, commit to a reversal of that level of inequality not only of wealth and income but even more importantly of the political power that such a disparity confers. The people of the United States are rightly proud of the their democracy but it has always been endangered by capital’s corruptive power. Now that it is dominated by that power the time is surely nigh, as Jefferson long ago suggested would be necessary, to make another American revolution: one based on social justice, equality, and a caring and thoughtful approach to the relation to nature.

The struggle that has broken out – the People versus the Party of Wall Street – is crucial to our collective future. The struggle is global as well as local in its nature. It brings together students who are locked in a life-and-death struggle with political power in Chile to create a free and quality education system for all and so begin the dismantling of the neoliberal model that Pinochet so brutally imposed. It embraces the agitators in Tahrir Square who recognize that the fall of Mubarak (like the end of Pinochet’s dictatorship) was but the first step in an emancipatory struggle to break free from money power. It includes the “indignados” in Spain, the striking workers in Greece, the militant opposition emerging all around the world, from London to Durban, Buenos Aires, Shenzhen and Mumbai. The brutal dominations of big capital and sheer money power are everywhere on the defensive.

Whose side will each of us as individuals come down on? Which street will we occupy? Only time will tell. But what we do know is that the time is now. The system is not only broken and exposed but incapable of any response other than repression. So we, the people, have no option but to struggle for the collective right to decide how that system shall be reconstructed and in what image. The Party of Wall Street has had its day and failed miserably. How to construct an alternative on its ruins is both an inescapable opportunity and an obligation that none of us can or would ever want to avoid.


David Harvey teaches at the Graduate Center of the City University of New York. He is the author of The Enigma of Capital: And the Crises of Capitalism (Profile Press and Oxford University Press). His forthcoming book Rebel Cities: From the Right to the City to the Urban Revolution will be published by Verso in the Spring of 2012.

“Financialised capitalism: direct explotation and periodic bubbles”: Costas Lapavitsas

1. Introduction: The many dimensions of financialisation
The storm that has gradually engulfed the US economy since August 2007 is a fully-fledged crisis of financialised capitalism. It is also the latest in a succession of financial crises during the last three decades: from Mexico in 1982, to Japan in 1990, to East Asia in 1997, the list is long. Bubbles and crises are a regular feature of financialised capitalism.

The US crisis has not sprung out of a malaise of production, though it could
well lead to disruption of accumulation. Rather, it has resulted from the
financialisation of personal income during the last two decades, that is, from the
increasing penetration of formal finance into the transactions of ordinary life: housing, pensions, insurance, consumption, and so on. By the same token the crisis has revealed the extent to which contemporary finance relies on drawing profits directly from the personal income of working people and others across society. This is direct exploitation, a characteristic feature of financialised capitalism.

Banking and finance have been transformed during the last three decades.
Banks have turned their attention to individuals while becoming more distant from industrial and commercial capital. Meanwhile, open financial markets have expanded, with the participation of vast non-bank financial intermediaries: pension funds, money funds, hedge funds, equity funds, and so on. For banks this has meant opportunities for financial market mediation, that is, for facilitating transactions and drawing fees. This too is a characteristic feature of financialisation, and related to direct exploitation.
The crisis and the preceding bubble have also cast a cold light on the social
transformation wrought by financialisation. During the bubble, extravagant sums of money were paid to managers and other functionaries of finance, such as lawyers, accountants, technical analysts, and so on. The managers and shareholders of large corporations also benefited handsomely through dividends and capital gains.

Financialisation appears to have brought back the rentier. But this is not the idle money owner of the past, drawing rents by clipping coupons. Instead, rents accrue mostly due to the position of rentiers relative to the financial system, and take the form of salaries, bonuses, and stock options. The modern rentier is the product of the structural changes wrought by financialisation, rather than the driving force of financialisation.

Financialised capitalism, direct explotation and periodic bubbles

“La crise financière et monétaire mondia-le. Endettement, spéculation, austérité”: Louis Gill

Louis Gill, “INTRODUCTION.” In ouvrage de Louis Gill, La crise financière et monétaire mondia-le. Endettement, spéculation, austérité, pp. 7-25. Montréal: M Éditeur, 2011, 141 pp. Collection: Mobilisations. [Texte diffusé dans Les Classiques des sciences sociales avec l’autorisation conjointe de l’auteur et de l’éditeur, M Éditeur, accordée le 11 septembre 2011.]

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