Economía marxista para el Siglo XXI

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¿Es China un país socialista?

Raúl Zibechi

Camaradas, fue la primera palabra que pronunció Xi Jinping al inaugurar el XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), el pasado 18 de octubre en Pekín.

A renglón seguido, llamó a los delegados a enarbolar la gran bandera del socialismo con peculiaridades chinas, lograr el triunfo definitivo en la culminación de la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada y conquistar la gran victoria de dicho socialismo de la nueva época; y luchar incansablemente por materializar el sueño chino de la gran revitalización de la nación china (goo.gl/EdqSJ2).

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La disputa China-EU fractura América Latina

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Raúl Zibechi

Con sencillez y profundidad, Oscar Ugarteche y Armando Negrete, del Observatorio Económico Latinoamericano (Obela), trazan las nuevas fracturas tectónicas en la región en un breve y documentado artículo titulado Perspectivas de las economías latinoamericanas frente a la economía mundial (goo.gl/vGQV48).

El argumento central es que el giro proteccionista, en Estados Unidos con Trump y en Inglaterra con el Brexit, acelera los cambios económicos (y geopolíticos) en la región, donde las economías son cada vez más dependientes y están estructuralmente abroqueladas en el patrón de acumulación de la década de 1950, o sea, exportación de materias primas e importación de bienes industriales.

En este marco de profundización de la dependencia, la emergencia de China como actor central en el sistema-mundo ha provocado una fractura estructural en América Latina: Sudamérica ha virado hacia China y la cuenca del Caribe ha estrechado su histórica relación con Estados Unidos, sostienen Ugarteche y Negrete.

Para graficar esa fractura, muestran las tendencias comerciales de los países de América del Sur, por un lado, y los de América Central, México y el Caribe, por otro. El resultado es que México envía 81 por ciento de sus exportaciones a Estados Unidos, en tanto Brasil exporta sólo 12 por ciento y Argentina 5 por ciento a ese destino. El color de los gobiernos no es lo fundamental: el derechista argentino Macri ha renovado y profundizado los lazos con China, por razones estructurales.

El país que está en el centro de esta fractura es Venezuela. El párrafo decisivo, a mi modo de ver, es el siguiente: De un lado la inversión extranjera más importante de EU es de capital de PDVSA en la forma de CITGO, una de las principales empresas refinadoras y distribuidoras de gasolina después de Exxon. De otro, Venezuela le vende crecientemente a China y se endeuda con Rusia, lo cual crea un escenario bélico en la cuenca del Caribe, mare nostrum americano.

La conclusión es sencilla, aunque trágica: Por primera vez existe una posibilidad real de una guerra de alta intensidad propiamente dicho, frente a la eventualidad de problemas de pagos de deuda con PDVSA. Los miembros de Obela creen que es muy posible una quiebra de la petrolera y un cese de pagos, lo que generaría un problema internacional mayor.

En opinión de Ugarteche y Negrete, la solicitud de Colombia para ingresar a la OTAN se relaciona con el este futuro bélico, así como la declaración de Barack Obama de que Venezuela es una amenaza para Estados Unidos.

En este punto, vale recordar los análisis del brasileño José Luis Fiori, quien se apoya en Nicholas Spykman (1893-1943), el teórico geopolítico que tuvo mayor influencia sobre la política exterior de Estados Unidos en el siglo XX, para actualizar los debates latinoamericanos durante la transición sistémica en curso.

Para Spykman, señala Fiori, el Caribe, más Colombia y Venezuela, forman una zona de influencia donde la supremacía de Estados Unidos no puede ser cuestionada, ya que los consideraba un mar cerrado cuyas llaves pertenecen a Estados Unidos, lo que significa que quedarán siempre en una posición de absoluta dependencia (goo.gl/9ti7oW).

En esta mirada de la región, Fiori sostiene que Estados Unidos y Brasil se enfrentarán inevitablemente a lo largo del siglo XXI, ya que son los dos únicos países con capacidad de liderar la región con proyectos propios. Y concluye: El problema es que la posición de Washington es clara, pero no sucede lo mismo con la mayor parte de los gobiernos progresistas de la región.

Si la confrontación es inevitable; si la guerra es posible, deberíamos colocar esa perspectiva en los análisis de los movimientos antisistémicos para adecuar la organización y la conciencia ante esos escenarios. De allí se desprenden algunas consideraciones.

La primera es que la llamada crisis de la democracia, la desarticulación del Estado-nación y de las organizaciones que giran en torno a sus instituciones (desde los partidos políticos hasta las grandes centrales sindicales), son tendencias de carácter estructural que no puede ser revertidas por tal o cual caudillo, dirigente o administrador.

Tomarse en serio la democracia electoral, mientras la clase dominante le apuesta a la militarización y prepara masacres, es una irresponsabilidad para quienes queremos cambiar el mundo. Eso no quiere decir que se deba darle la espalda a las urnas, sino que el eje central debe girar en torno a la organización de los sectores populares y no en torno al apoyo a los representantes, porque éstos no pueden hacer gran cosa, aunque realmente quieran hacer algo.

La segunda tiene que ver con la guerra. Hace poco más de un siglo, cuando la socialdemocracia alemana votó los créditos de guerra y apoyó a su propia burguesía en la primera guerra mundial (1914-1918), el internacionalismo se hizo añicos y una profunda crisis carcomió las entrañas de las fuerzas revolucionarias. Alguna lección deberíamos aprender de aquella penosa historia.

Frente a quienes apoyaban a los gobiernos y los Estados, los rebeldes rusos delinearon una estrategia bien distinta: convertir la guerra interimperialista en guerra de clases para hundir a la burguesía. Las cosas hoy no son idénticas. Pero en los momentos de grandes virajes y conflictos mayores, no deberíamos caer en la trampa de apoyar a los gobiernos-Estados sino aprovechar el colapso institucional que sucede durante las guerras, para construir/expandir el poder de los de abajo.

Los grandes cambios en la historia de la humanidad suceden durante guerras. La historia del siglo XX debe persuadirnos de esa triste realidad.

El análisis económico de los miembros de Obela nos debería quitar la venda de los ojos y evitar que el pragmatismo oscurezca la ética. ¿Cómo nos estamos preparando para los momentos álgidos que se vienen? El paso fundamental se relaciona con la disposición de ánimo, lo que supone mirarnos al espejo para decidir a qué estamos dispuestos.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/07/21/opinion/017a1pol

Los primeros 100 días de la ultraderecha estadounidense

After Donald Trump delivered his first presidential address to the US Congress, the American stock market hit yet again a record high. Since he was elected, the stock market is up over 11%. The buoyant mood in the market for financial assets is also being mirrored in the views of the top financial analysts. “There’s […]

a través de Trump’s 100 days — Michael Roberts Blog

La revolución, a un siglo de la Revolución de Octubre

Raúl Zibechi

Mentar la tormenta se ha vuelto casi rutinario. Hasta el presidente chino, Xi Jinping, abrió el Foro Económico Mundial de Davos diciendo que en el mundo hay una tormenta aunque, agregó, también hay luz. Es muy probable que Xi se refiriera al mundo empresarial que lo cobijó con una ovación, ya que es el tipo de alianzas que corteja la dirección de la potencia emergente.

Lo cierto es que ya pocos dudan que atravesamos una situación caótica, aunque el capital financiero y buena parte de los políticos progresistas se empeñan en atribuirla a Donald Trump, que es apenas el emergente y no la causa de los problemas actuales. La tormenta está mostrando que la capacidad de comprensión en medio de la borrasca se vuelve cada vez menor. Incluyendo a quien firma estas líneas, obviamente.

Consuelo de poco valor es que las clases dominantes sufren también dosis importantes de desconcierto, algo que se puede palpar en la profunda división entre los de arriba, empezando por la superpotencia, donde no atinan a consensuar si el enemigo principal es Rusia o China, para poner apenas un ejemplo. (más…)

América Latina y el triunfo de Trump

Raúl Zibechi

A quienes tenían dudas de que ha nacido una nueva derecha, el triunfo de Donald Trump debería convencerlos de lo contrario. La nueva derecha cuenta con amplio apoyo popular, sobre todo entre los trabajadores y las clases medias vapuleadas por la crisis de 2008 y los efectos de la globalización, como ya sucedió en Inglaterra con el Brexit. Estamos ante un mundo nuevo donde esta derecha machista y racista recoge la rabia de los millones perjudicados por el sistema. Una derecha nostálgica de un pasado que no volverá, en un periodo de decadencia imperial y del sistema-mundo capitalista.

Lo que desnudaron las elecciones estadunidenses es la fractura interna que vive la sociedad, el empobrecimiento de las mayorías y el enriquecimiento obsceno del 1%. Pero también desnudaron el papel vergonzoso de los medios de comunicación, empezando por los respetables The New York Times y The Wall Street Journal, que no tuvieron empacho en titular que Trump era el candidato de Vladimir Putin. Robert Parry (periodista de investigación que destapó el escándalo Irán- Contras) afirma que el otrora respetable Times ha perdido su senda periodística, convirtiéndose en una plataforma de propaganda y apologética de los poderosos (goo.gl/BbVy1d).

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El proyecto educativo de la nueva derecha

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Raúl Zibechi
Ha nacido una nueva derecha adecuada a los tiempos extractivos y de expolio-piratería contra los pueblos; una derecha posterior al Estado del bienestar, que ya no aspira al desarrollo, sino a consolidar las desigualdades, la segregación de la mitad pobre, mestiza, india y negra de nuestro continente. Una derecha implacable formada en el rechazo a lo popular, a la soberanía nacional, a las leyes y las constituciones.

Una izquierda para el siglo XXI

Raúl Zibechi

En los años 60 y 70 quien se incorporaba a la militancia escuchaba a menudo una frase: “Ser como el Che”. Con ella se sintetizaba una ética, una conducta, un modo de asumir la acción colectiva inspirada en el personaje que –con la entrega de su vida– se había convertido en brújula de una generación.

“Ser como el Che” era un lema que no pretendía que los militantes siguieran punto por punto el ejemplo de quien se había convertido en referencia ineludible. Era otra cosa. No un modelo a seguir, sino inspiración ética que implicaba una serie de renuncias, esas sí, a imagen y semejanza de la vida del Che.

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