Economía marxista para el Siglo XXI

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Acumulación, composición de capital y tasa de ganancia: algunas notas de investigación

Alejandro Ramos

Resumen

Este trabajo discute los conceptos de acumulación, composición de capital y tasa de ganancia en la obra de Marx. La discusión se ilustra, de forma muy austera, con el ejemplo de una economía de una mercancía y sin capital fijo en la cual hay un aumento continuo de la productividad del trabajo. Se muestra como este proceso induce una caída de la tasa de ganancia (asumiendo una tasa constante de plusvalor) y por tanto describe de forma simplificada un posible mecanismo de crisis en la economía capitalista.

Palabras clave: Teoría del valor, Marx, acumulación, cambio técnico, tasa de ganancia, crisis.

Estas notas de investigación se inscriben dentro de un trabajo más extenso cuyo propósito es la revisión de literatura acerca de las diversas formas que puede revestir una crisis capitalista. La preocupación más específica concierne a la naturaleza de las crisis de sobreacumulación, y una de sus motivaciones más concretas es cierta evidencia reciente en el sentido de que los dos polos más dinámicos de la economía mundial, Estados Unidos y China, han experimentado procesos de esta naturaleza en años recientes. Sin embargo, el material que aquí se presenta es muchísimo más acotado y ni siquiera aborda la temática de las crisis de sobreacumulación como tales, sino que se concentra en aspectos interpretativos de la obra de Marx relacionados con la relación entre tres conceptos clave de su teorización del capitalismo: acumulación, composición del capital y tasa de ganancia. El énfasis es por tanto exegético y ello requiere, quizás, cierta justificación adicional. Dos razones nos motivan a abordar esta tarea. En primer lugar, existe una importante discusión acerca de estos conceptos, y en particular sobre el significado de la “composición de capital” a la que han contribuido autores como Fine y Harris (1979), Weeks (1981) y Saad-Filho (1993).

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“¿Qué hace falta para salir de la crisis?”: J. A. Tapia Granados

Las turbulencias que se han producido en la economía mundial en los últimos meses hacen muy previsible una nueva crisis financiera como la del 2008. La deuda acumulada en los balances de los bancos y de los Estados y las escasas perspectivas de una reactivación de la economía mundial que pudiera echar tierra sobre esas deudas y “tirar el balón fuera del área” no parecen dejar mucho espacio para la duda.

Las masas astronómicas de dinero que hasta el comienzo de la crisis del 2007 circulaban en los mercados financieros internacionales buscando inversiones que rindieran “algo decente” y que después del 2009 volvieron en cierta medida a los mercados de valores haciendo que subieran las bolsas han sido cada vez más reticentes en meses recientes. La subida de los precios del oro, “inversión” que no solo no rinde nada sino que conlleva gastos asociados (de custodia, etc.) indica que muchos inversores tienen miedo de otra caída catastrófica de los mercados financieros y prefieren apostar al metal dorado. El dinero sigue afluyendo a los bonos del Tesoro de EEUU, considerados al menos como un activo “seguro”, a pesar de haber sido devaluados de categoría AAA a AA+ por la agencia Standard & Poors. Pero las agencias de calificación también han devaluado la deuda de varios pases europeos y la crisis de la deuda griega sigue creciendo como una bola de nieve, con la perspectiva de crisis financieras importantes en otros países europeos frente a las cuales ni el Banco Central Europeo ni los que mandan en la Unión Europea (Alemania y Francia) saben qué hacer.

Desde la crisis financiera del 2008 la demanda agregada ha sido débil en casi todos los países y en algunos como España la recuperación nunca se produjo. Pero la demanda agregada tiene dos componentes básicos, consumo e inversión, y ambos han estado deprimidos en años recientes. La inversión, que no es otra cosa que el uso de dinero líquido para adquirir bienes de capital o pagar salarios, se ha recuperado muy débilmente desde la recesión del 2007-2009. En general hoy resulta evidente que en la economía mundial las oportunidades de inversión son escasas, no hay buenas opciones que prometan rendimientos aceptables. Como indica el New York Times en primera página (25-10-2011) las cuentas corrientes de los bancos rebosan dinero, que ni sus propietarios ni los gerentes de los bancos saben cómo invertir. Todo parece indicar que la rentabilidad del capital está baja en general. Por otra parte, en Norteamérica, en Europa occidental y en general en los países de alto ingreso el consumo está en gran parte congelado por el endeudamiento de los hogares y por el altísimo volumen de desempleo, mientras que en los países de bajo ingreso los salarios son tan bajos que de ellos poca demanda agregada de consumo cabe esperar.

¿Qué hace falta entonces para que se reactive la economía mundial?

La solución keynesiana es básicamente el aumento del gasto público y, en alguna medida, medidas directas para favorecer el consumo reduciendo la deuda de los hogares. De la misma forma que el que tiene una hemorragia necesita un torniquete o una intervención quirúrgica y no buenos consejos sobre cómo evitar la obesidad y llegar sano a la senectud, dicen los keynesianos, la economía necesita un arreglo a corto plazo y de nada sirven los sermones sobre la sostenibilidad fiscal y sobre la necesidad de moderar el gasto público para reducir la deuda nacional. Según los keynesianos hay que aumentar el gasto, tomar medidas “agresivas” para reducir la deuda de los hogares mediante condonación y refinanciamiento de las deudas hipotecarias y las autoridades monetarias (la Reserva Federal estadounidense, el Banco Central Europeo, etc.) deben iniciar una ofensiva en todos los frentes para hacer que la economía “se mueva” y así disminuya el desempleo. En esta línea, en el Reino Unido se ha propuesto que se cree un Banco Nacional de Inversión a partir de bancos como Lloyds-TSB y RBS en los que hoy el Estado tiene una participación mayoritaria como consecuencia del salvamento de esos bancos en la crisis del 2008.

Lo que proponen los keynesianos parece tener serios problemas de factibilidad. En EEUU aumentar el gasto público se da de bruces con la oposición no solo de los republicanos sino de gran parte de los demócratas y del mismo presidente Obama. Por otra parte, la condonación y el refinanciamiento de las deudas hipotecarias no serían de ninguna manera bien vistas por quienes son acreedores de esas deudas. Dada la enorme cantidad de deudas incobrables o de dudosa cobrabilidad (sean hipotecas ninja, préstamos a empresas en apuros, o empréstitos al Estado griego, al Estado de California, o a algún otro Estado) que hoy pesan como plomo en los balances de los “agentes financieros” que poseen los títulos de esos préstamos (bancos, fondos de inversión o inversores privados), los acreedores no quieren ni oír hablar de tales medidas. Como, además, los bancos y los representantes del capital financiero en general tienen muy buena comunicación con los gobiernos, es poco previsible que se vayan a aceptar ahora medidas que puedan reducir sus utilidades después de haber pasado el huracán del 2008 gracias a las ayudas públicas. En Europa la solución propuesta por los keynesianos requeriría además una coordinación fiscal de los Estados parte de la Unión Europea, coordinación que no existe y sin la cual parece impensable que un gobierno (como el español, el italiano, o el griego) pueda lanzarse a “aventuras” keynesianas. No hay dinero disponible, a no ser que se lo imprima. Y no hay voluntad política de imprimirlo.

¿Dónde está el dinero, pues?

Cualquier examen superficial de las noticias financieras indica que hay enormes masas de dinero que no saben adónde ir. El dinero está “escondido” en las cajas fuertes de los bancos, “invertido” en lingotes de oro, en francos suizos o en bonos del Tesoro de este o aquel país todavía considerado “seguro”. Puede ser que los bancos sean reacios a dar créditos, pero la realidad es que no son muchos quienes buscan créditos para la inversión cuando no hay buenas opciones para invertir. Incluso, en más de un caso, quienes poseen ese dinero y no saben qué hacer con él, deciden gastárselo. ¿Quizá por miedo a perderlo? Según informaba la prensa recientemente, las tiendas de moda de la Quinta Avenida neoyorquina tienen listas de espera para adquirir zapatos de hasta 1000 y 1500 dólares el par y vestidos diez veces más caros. 

“¡Qué escándalo, con tanta gente desempleada y que en vez de invertir en actividades productivas los ricos se lo gasten en lujo!” Este podría ser el comentario moralista de quien no entienda que para producir esos zapatos o esos vestidos han hecho falta procesos productivos para los que se han adquirido insumos y por los que se han pagado salarios. No es menos generador de actividad económica la adquisición de diamantes para lucirlos en el cuello que el consumo de pan y cebollas para nutrirse. Pero lo que sí es evidente es que el que grandes masas de dinero se queden en forma liquida o semilíquida sin invertirse directamente en actividades generadoras de producción hace que no se creen puestos de trabajo. Cada caída de la bolsa refleja la decisión de miles de propietarios que deciden hacer líquida su participación en la propiedad de empresas.

Y entonces, ¿qué haría falta para que ese dinero se invirtiera en actividades productivas y pusiera “la economía” a trabajar? Lo que hacen falta son “oportunidades de inversión”, nos dirán los economistas y los empresarios. Pero, ¿cómo se crean esas oportunidades?

La respuesta de los economistas conservadores es siempre la misma, recórtense impuestos y dense facilidades a las empresas para que sea más fácil producir. Pero, inclusive con impuestos reducidos o nulos, o incluso con subvenciones (y no son pocas las que tienen las empresas, en todo el mundo), las inversiones tienen poco sentido cuando la rentabilidad esperada es escasa o dudosa. Esa rentabilidad esperada, que Keynes llamaba eficiencia marginal del capital, puede ser baja porque hay poca demanda; o porque hay exceso de capacidad; o porque los salarios son “demasiado altos”; o por alguna combinación de todas estas cosas. ¿Quién invertiría en microchips ahora que la capacidad para producirlos es mucho mayor que la capacidad del mercado para absorberlos? ¿Para qué construir viviendas cuando las hay disponibles a miles esperando la ejecución de la hipoteca? ¿Y, además, por qué invertir en España, en Grecia o en EEUU cuando los salarios son mucho más bajos en la India, en China o en Rumania?

Todo esto, de todas formas, está en vías de solución. Veamos la cuestión de los salarios. Desde que comenzó la crisis en el 2008 los salarios han estado bajando prácticamente en todos los países. En el caso del Reino Unido la intensa contracción salarial que está teniendo lugar solo tiene precedentes en las grandes recesiones que ocurrieron en Gran Bretaña en los años siguientes a la primera guerra mundial. En cuestión de meses el “ajuste salarial” que piden muchos economistas se habrá producido. Y, de hecho, será tanto más rápido cuanto más desempleo haya y menos prestaciones se den a los desempleados: la letra con sangre entra.

El otro problema, también en vías de solución, si no se le ponen trabas, es el exceso de capacidad productiva. ¿Para qué invertir en un mercado de productos X que puede absorber 80 cuando actualmente se producen 79 y hay capacidad para producir 120? Esto se resolvería, sin embargo, si de las empresas que producen X quebraran unas cuantas, de tal forma que la capacidad se reduzca a 60 o, incluso, mejor, a 40. Las empresas quebradas (sean bancos, empresas automovilísticas, hoteleras, inmobiliarias o de cualquier otro tipo) serán además excelentes oportunidades de inversión. El inversor que llegue en el momento oportuno podrá adquirir los bienes de capital de alguna de estas empresas “a buen precio” y muchas veces no tendrá que hacer frente a compromisos salariales. Podría así poner en marcha la empresa en las mejores condiciones de rentabilidad. Todo ello está en camino, las inversiones árabes en las cajas de ahorros españolas son un ejemplo de eso. A medida que se profundice la crisis, más empresas quebrarán, más bajarán los salarios, más deudas se liquidarán y mejores condiciones habrá para que los inversionistas que sobrevivan (otros quebrarán) reinicien la actividad y se abra así un nuevo periodo de expansión. Pero, eso sí, hay que dejar que el mercado funcione y que quiebren quienes tengan que quebrar. ¿Querrán quienes son propietarios de empresas del tipo que sea que se deje que este proceso llegue a su fin? Eso no está ni mucho menos claro, como lo prueba el respaldo general de los gobiernos a los bancos de sus países y los rescates del 2008-2009, con dinero público, no solo de bancos y empresas del sector financiero, sino de empresas industriales como General Motors y Chrysler. Mucho más probable es que si la crisis financiera vuelve a poner a muchas grandes empresas al borde de la quiebra, los empresarios en masa reclamen medidas para proteger sus entidades. Pero mientras haya exceso de capital, no habrá recuperación.

La alternativa es dejar que el mercado obre por sí mismo y que unos cuantos cientos o quizá miles de empresas en todo el mundo quiebren, haciendo que el volumen de desempleo mundial se eleve de los cientos de millones actuales a miles de millones. Ello liquidaría las deudas, eliminaría el exceso de capital y generaría nivel salariales “ajustados”, probablemente a niveles chinos. Y, finalmente, llegaría la ansiada recuperación.

El problema es, sin embargo, que ese proceso, que muy probablemente ocurrirá, creará un enorme estrés social que no se sabe dónde puede llevar. En los países del Norte de África ha llevado a la caída de Ben Ali, de Mubarak y de Gadafi; en España ya ha llevado al movimiento de los indignados que ha ocupado la Puerta del Sol y el centro de la atención pública de todo el país; en Israel, a las manifestaciones y protestas masivas de meses recientes. En Bahrain, Siria, Yemen y Marruecos a protestas cada vez más airadas contra las élites gobernantes y el autoritarismo. En Grecia, a huelgas generales contra el gobierno recientemente electo. En EEUU al movimiento de ocupación que ha creado focos de protesta permanente en Nueva York y otras muchas ciudades. Quizá puede pensarse que todos estos son fenómenos distintos que no están relacionados entre sí. Ciertamente Mubarak no es Mister Cameron, ni Rodríguez Zapatero “tiene nada que ver” con Netanyahu, ni con Ben Ali, ni con Gadafi. Pero, ¿no es demasiada coincidencia que ocurran a la vez todas estas cosas?

Desde la crisis del 2008 la especulación financiera en productos alimentarios ha provocado enormes oscilaciones de precios que han puesto a grandes sectores de la población de los países pobres al borde del hambre. Se ha dicho que las revueltas del mundo árabe se han debido en buena parte al encarecimiento de los alimentos. Pero en décadas recientes la obesidad por exceso de ingreso calórico y falta de ejercicio físico se ha convertido en un mal endémico en gran parte del mundo.¿Qué sistema económico mundial es este en el que la escasez nace de la abundancia?

En una información sobre la huelga general contra las medidas de austeridad del gobierno del PASOK —el Partido Socialista Panhelénico de George Papandreou, que tantos parecidos tiene con el gobierno del PSOE— el New York Times (20-X-2011) recoge la opinión de Anastasia Dotsi, empleada de banca jubilada, de 70 años, que asistía a una de las manifestaciones motivada por su indignación contra el gobierno. “No hay precedentes de lo que está ocurriendo”, dijo la jubilada. “Son ya dos años de políticas de austeridad, nos están aplastando como pueblo”. Anastasia dijo que su hijo y su hija, que trabajan en el sector privado, no habían recibido su salario este mes y estaban teniendo dificultades para pagar sus hipotecas y mantener a sus familias. “Nunca he sido izquierdista, siempre voté al PASOK. Me considero una persona de clase media. Pero nos están empujado a convertirnos en extremistas”.

La ortodoxia económica dice que nuestro sistema económico tiende al equilibrio y que dejado a sí mismo, se recupera y vuelve a crecer, produciendo riqueza para todos. Por una parte, es cierto, porque el sistema, como vieron Karl Marx, Joseph Schumpeter y Wesley Mitchell, tiene mecanismos intrínsecos para resolver las crisis. Por otra parte, es falso, porque los mismos mecanismos que hacen que las crisis se resuelvan hacen que de forma recurrente haya crisis que generan un enorme sufrimiento social y que, de esa forma, ponen en riesgo la existencia misma del sistema. Porque, además, cuando el sistema “está sano” y “hay prosperidad”, son los privilegiados quienes más se benefician. Que el crecimiento económico crea prosperidad para todos no está tan claro, cuando los empleos precarios y los contratos-basura son cada vez más frecuentes. Y cuando se aumenta la edad de jubilación. Y se reducen los impuestos a los ricos. Cada vez hay menos simpatía por personas como Bill Gates, Paco el pocero u otros banqueros o empresarios de esos que “crean riqueza”.

Si la gente de a pie está dispuesta a aguantar esa dinámica, solo los próximos años lo dirán.

http://www.rebelion.org

Introducción del libro: “La crisis financiera y monetaria mundial. Endeudamiento, especulación, austeridad” de Louis Gill

“Introducción”

Del libro de Louis Gill : La crise financière et monétaire mondia-le. Endettement, spéculation, austérité, pp. 7-25. Montréal : M Édi-teur, 2011, 141 pp. Collection : Mobilisations.

La crisis mundial desencadenada en julio de 2007, entró, en el verano de 2011, en su quinto año. Antes de 2007, poca gente había oído hablar de este “papel comercial adosado a activos” que hizo perder 40 mil millones de dólares a la Caja de depósito e inversión de Quebec sobre un activo de 155 mil millones de dólares en 2008, ni de las hipotecas de alto riesgo llamadas “subprimes” en el argot financiero estadounidense, ni de la multitud de productos financieros exóticos y tóxicos nacidos recientemente de una “innovación financiera” deletérea, que contribuyeron a hundir la economía mundial en el marasmo. Aunque Quebec y Canadá se fueron relativamente librando de esta crisis tan grave y se han ido recuperando rápidamente y emergiendo mejor que otros países, esto no debe enmascarar el hecho de que la economía mundial está lejos de salir de ella, a pesar de las apreciaciones optimistas de observadores con prisa por anunciar la vuelta al los buenos tiempos.

La crisis financiera de 2007-2008 fue generada por los medios que se utilizaron para sacar la economía de Estados Unidos del letargo consiguiente al pinchazo de la “burbuja tecnológica” a principios de los 2000: tasas de interés muy bajas, designación del sector inmobiliario como vector central del relanzamiento económico, promoción del acceso a la propiedad mediante un endeudamiento sin tener en cuenta los medios financieros de los compradores y refinanciación de hipotecas bajo la forma de márgenes de crédito hipotecario destinadas a acrecentar el consumo corriente.

De ello se siguió un fuerte movimiento especulativo que transformó la vivienda de lugar de residencia en activo financiero susceptible de reventa con ganancia lo que dio lugar a una inversión excesiva en la construcción de viviendas, componente de una sobreproducción general de mercancías financiada por el endeudamiento, y de una sobreinversión que alcanzó a todos los sectores de la economía. Desarrollos del mismo tipo se produjeron en otras partes del mundo, sobre todo en Gran Bretaña, en Irlanda y en España. La fórmula funcionó mientras los precios inmobiliarios aumentaron y las tasas de interés eran bajas. Sin embargo, los precios se desplomaron a partir de 2006 por culpa de la superproducción de viviendas, de modo que su valor mercantil cayó por debajo del valor de la hipoteca y las tasas de interés hipotecario comenzaron al mismo tiempo a aumentar. De ahí el gran número de quiebras y el estallido de la burbuja en 2007.

Introducción del libro: “La crisis financiera y monetaria mundial. Endeudamiento, especulación, austeridad”

Extaído de: http://marxismocritico.com

“El capital ficticio como categoría económica de El Capital de C. Marx”: Ulises Pacheco Feria

Introducción

La categoría capital ficticio fue empleada por Marx en el tomo III de El Capital. El objetivo de este tercer tomo era mostrar el proceso de producción y circulación del capital como una totalidad orgánica, como “lo concreto”, “síntesis de numerosas determinaciones”—diría Marx. Este último libro es la conclusión de una obra que tiene el propósito de reproducir teóricamente las relaciones de producción capitalistas y deducir, a partir de las leyes inmanentes a este modo de producción, “el devenir histórico de la totalidad”.

Pero lo singular del tercer tomo de El Capital radica en que en él se abordan las relaciones de producción en su expresión más inmediata; las formas más superficiales y tangibles en que se realiza la distribución y apropiación de la plusvalía. Más que la relación trabajo-capital, se exponen allí las relaciones entre capitalistas; la multiplicidad de formas de apropiación capitalista se expresa en las distintas “categorías antitéticas” en que se distribuye el plustrabajo. El movimiento objetivo de estas categorías gobierna la voluntad de los agentes del capital. Sin embargo, las relaciones entre los distintos tipos de capitalistas, traídas a un primer plano, ocultan el antagonismo existente entre los dueños de las condiciones de producción y los obreros asalariados, al tiempo que nos revelan todo un cuerpo de nuevas contradicciones, no menos virulentas y letales, que se articulan a aquel antagonismo fundamental. El estudio de estas contradicciones, en el marco general de la acumulación y el ciclo industrial, nos permite comprender la realización del capital en su conjunto, como resultado de la existencia y funcionamiento de “formas irracionales” de valorización del capital; en el mundo caótico y alucinante de la Bolsa y los mercados de capitales, por el contrario, la irracionalidad de la naturaleza del capital parece conquistar el sentido común de los individuos; así el capital ficticio encuentra un lugar en este tercer libro: como expresión de una “contradicción absurda” derivada del desarrollo del sistema crediticio, del funcionamiento del capital de préstamo y de la capitalización de activos financieros.

El estudio de la categoría capital ficticio, en El Capital de Marx, representa un importante asidero teórico para la comprensión del capitalismo contemporáneo; por tanto, la finalidad ultima de este trabajo no está en “reestructurar” las determinaciones del capital ficticio, en el marco de aquel capitalismo de mediados del siglo XIX, sino más bien, en proveer, siguiendo a Marx, un marco teórico que nos permita acercarnos al capitalismo transnacional y a sus determinaciones esenciales. Sin embargo, iniciar un estudio crítico de la categoría capital ficticio y su implicación en el desarrollo ulterior del capitalismo es una meta que desborda el objetivo mínimo de este trabajo; a saber: analizar el capital ficticio como expresión de la evolución (metamorfosis), de las relaciones de producción capitalista, en El Capital de Marx.

Capital_Ficticio_como_categoria_economica_de_El_capital

Profesor auxiliar del Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Oriente.

Economía y Desarrollo No. 2 / Vol. 140 / Jul.-Dic. / 2006

“Las ganancias de los últimos años son ficticias”: Reinaldo Carcanholo

Publicamos la entrevista de Juan Kornblihtt y Verónica Baudino al economista marxista brasileño Reinaldo Carcanholo. R. Carcanholo está trabajando y desarrollando el concepto de capital ficticio de Marx para entender los procesos de financiarización que han caracterizado el período actual de acumulación del capital.

En esta entrevista Reinando Carcanholo explica el carácter ficticio de un segmento importante de las ganancias creadas en los últimos años. Recomendamos la lectura del trabajo que el autor realizó junto con Paulo Nakatani “Capital financiero versus capital especulativo” alojado en la sección de economía marxista. Este trabajo se publicó en el imprescindible libro de Arriola J. Guerrero D. (eds) “La nueva economía política de la globalización” (2000) Bilbao. Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco.

Asimismo, recomendamos la lectura del libro de David Harvey “Limits to capital” (2006) London. Verso para quienes busquen una visión integrada de la categoría del capital ficticio y en la teoría del valor de Marx.

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“La crisis actual, eco de las crisis de ayer y preludio de las de mañana”: Louis Gill

¿Referirse a 1929? …

La actual crisis es la más grave que el mundo haya conocido después de la de 1929 y la Gran Depresión que le siguió. Siendo esto así, es natural que nos preguntemos en qué medida ambos acontecimientos pueden compararse. A primera vista, las diferencias exceden ampliamente a las semejanzas, ya que la larga depresión de diez años (1929-1939) estuvo marcada por retrocesos en nada comparables con los que hasta aquí han surgido con la actual crisis en un solo año de estragos. En lo más agudo de la depresión, en 1933, la tasa de paro alcanzaba en Estados Unidos el 25 %, el PIB real había caído el 26% en relación al del año 1929, los mercados de valores cayeron un 89 % entre septiembre de 1929 y julio de 1932 y miles de bancos quebraron mientras que el nivel de los precios caía un 25 % entre 1929 y 1933.

Iniciada oficialmente en diciembre de 2007, según los resúmenes del National Bureau of Economic Research (NBER), la actual recesión en Estados Unidos llega a su vigésimo mes en agosto de 2009, lo que la hace ya la más larga desde los años treinta; las recesiones de 1973-1975 y 1981-1982 habían durado 16 meses. Es también la más generalizada, pues el 86 % de las industrias sufrieron una reducción de su producción, mientras que el paro aumentó en cada uno de los Estados y la riqueza de las familias conoció la mayor disminución de todo el periodo de después de la Segunda Guerra mundial.

Dicho esto, la caída de la actividad económica y el aumento del paro que caracterizan la recesión actual no tiene, por lo menos a primera vista, nada que ver con las variaciones correspondientes del periodo de la Gran Depresión, lo que sugiere que, más que una reedición de las angustias de los años treinta, la recesión actual sería más bien una pálida réplica. Es lo que avanza un análisis de Paul Krugman publicado en marzo de 2009 . A partir de una comparación de la caída de la producción industrial en Estados Unidos durante los doce primeros meses de la Gran Depresión de los años treinta y la sensiblemente más débil, ocurrida durante los doce primeros meses de lo que se ha venido en llamar la “Gran Recesión” actual, Paul Krugman califica esta última de semi-Gran Depresión.

La_crisis_actual

Traducción de José Mª Fernández Criado
Equipo de traducción de Red Roja


Comunicación presentada en el marco del Séminaire Fernand-Dumont organizado por el departamento de sociología de la Universidad Laval los días 21 a 23 octubre de 2009, en Île d’Orléans. Una versión abreviada ha sido publicada en el número 42, noviembre de 2009, de la revista CARRÉ ROUGE.

http://classiques.uqac.ca/contempor…

“En el origen de las crisis ¿sobreproducción o subconsumo?”: Louis Gill

Introducción.

I – Sobreacumulación del capital y sobreproducción de mercancías.

  • Escasez de plusvalía y superabundancia de mercancías.
  • ¿Rentabilidad deficiente o desequilibrio de mercado?
  • Fenómeno permanente, el Subconsumo no puede explicar las crisis.
  • Subconsumo y exceso de plusvalía: los precursores.

II – La naturaleza de la crisis actual.

III- ¿Relanzar la acumulación por el consumo?

  • Gastos públicos improductivos para el capital.
  • Un control necesario del Estado.
  • La timidez de los planes de relanzamiento.

INTRODUCCIÓN

En un artículo titulado “La recesión mundial: el momento, la interpretación y los entresijos de la crisis” , François Chesnais critica la interpretación en boga de la actual crisis como una crisis de subconsumo causada por una contracción de los salarios que se intentó compensar mediante una mayor expansión de los créditos. Concretamente trata de la variante que de esta interpretación hizo Alain Bihr en un artículo titulado “El triunfo catastrófico del neoliberalismo” y expresa su desacuerdo con la tesis que desarrolla Bihr, de una “plusvalía excesiva”. La define como un vuelco completo de la comprensión del capitalismo heredada de Marx, según la cual el capital choca no contra sus excesos sino contra una insuficiencia crónica de plusvalía cuya manifestación es la tendencia a la baja de la tasa de ganancia.

El hecho de que esta escasez de plusvalía sea percibida bajo la forma de dificultades de realización, “traduce una ceguera ante las contradicciones del sistema”, escribe Chesnais, que remite a mi libro Fondements et limites du capitalisme para “una presentación muy clara de estas contradicciones y de esta ceguera”. Muy sensible a esta referencia elogiosa, me sentí invitado al desafío de hacer una exposición sintética de los desarrollos pertinentes de este libro con el fin de contribuir al debate. Es el objetivo de este artículo. Comprende tres secciones.

La primera establece que las crisis tal y como las concibió Marx son crisis de sobreacumulación de capital y sobreproducción de mercancías y no crisis de subconsumo cuyo origen sería la insuficiencia de los salarios. La segunda muestra que la crisis actual es efectivamente una crisis de sobreproducción y que su dimensión financiera no puede reducirse a un asunto de créditos a las familias para compensar ingresos salariales insuficientes. La tercera plantea la siguiente pregunta: si el origen de las crisis no está en el subconsumo, ¿puede basarse su reabsorción en la estimulación de la demanda global, hoy en el centro de los actuales planes de relanzamiento de los gobiernos? La respuesta a esta pregunta, que se deriva de la naturaleza improductiva para el capital de los gastos públicos, permite comprender la timidez de los planes de relanzamiento de la economía real y las dudas a la hora de ponerlos en marcha, justo cuando el sector financiero se ha beneficiado espontáneamente de una colosal generosidad.

Traducción: José Mª Fernández Criado

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